viernes, 8 de abril de 2011

¡Ya basta!

Sicilia, el Universal

El poeta Sicilia, en Cuernavaca. A su derecha, Óscar Menéndez. (Foto de El Universal)

¿Cuántos Sicilias necesitamos, cuántos Martís, para detener esta situación demencial? ¿Cuántos poetas, cuántos comerciantes, cuánta gente buena? ¿Cuántos hijos nuestros, abatidos por balas disparadas por manos siempre ignotas, son requeridos? ¿Cuántos gobiernos ineptos, cuántos ejércitos, cuántos políticos? ¿Cuánto tiempo, señor de la eternidad, cuánto...?

¡YA BASTA CABRONES!

martes, 26 de octubre de 2010

Los Montejo, su monumento en Mérida, Yucatán

Montejos Merida julio 2010

Hay un debate público en Yucatán (como si no tuviéramos cosas más importantes para dirimir), hasta cierto punto primitivo y torpe, respecto de la conveniencia según algunos de quitar (sí, de derrumbar) la recién inaugurada estatua que conmemora a los Montejo, padre –el Adelantado- e hijo -el Mozo-, quienes junto con un tercer Montejo que no aparece en el grupo escultórico, el sobrino del Adelantado, fueron los conquistadores en nombre del imperio español de la Península de Yucatán, la tierra del Mayab, en los albores del siglo XVI y fundadores de la Ciudad de Mérida en 1542.

Los detractores del monumento usan como argumento principal para su exigencia de eliminar la obra que desde hace unos pocos meses adorna el Paseo de Montejo en la capital yucateca, la maldad y la injusticia aplicada por los conquistadores a quienes ahora se recuerda, y desde luego, lo inicuo de una guerra de conquista que hace cinco siglos sometió a los mayas, habitantes y dueños de la región hasta la llegada de los europeos, que impusieron por la fuerza su tecnología, su religión y su control social, político y económico a lo largo de los tres siguientes siglos, hasta que vino el momento emancipador, a principios del siglo XIX, que constituyó al Yucatán que hoy conocemos como parte, no sin ajetreos, de la república mexicana.

Diríase que esta petición de algunos de derribar lo que no les gusta es por lo menos insólita y está plagada de curiosidades que motivan este editorial:

Curioso momento de juzgar a los conquistadores. Se dice, para justificar, que es propicio el bicentenario de la guerra de independencia que nos embarga en estos días y que ciertamente nos obligaría a no rendir homenaje a quienes dominaron por la vía de la violencia a los habitantes primigenios de la península.

Más curioso el hecho que quienes quieren derruir la estatua, plantean hacerlo en el idioma de quienes fueron los conquistadores. Ninguno de los manifestantes que exigen la demolición, que se haya sabido, habla la lengua maya.

Aún más curioso todavía es que el monumento está emplazado en la principal avenida de Mérida que recibe precisamente el nombre del conquistador, en el Paseo de Montejo. Por cierto, y es curioso también, que en el otro extremo de la propia avenida meridana se encuentra el monumento dedicado a Gonzalo Guerrero, personaje denominado en la península el padre del mestizaje, español, andaluz por más señas, que llegó a estos lares como náufrago, poco antes que los Montejo, y quien después de escapar de la muerte que estuvieron a punto de causarle los mayas (como lo hicieron con sus compañeros de naufragio, con excepción de él mismo y de Jerónimo de Aguilar, que más tarde se reuniría con Cortés para emprender la conquista del altiplano), se refugió entre ellos y fundó familia engendrando prole, para después renunciar a su patria de origen, a su rey, a su religión y combatir a sus paisanos, comandando inclusive tropas mayas en la defensa del territorio que buscaban avasallar los conquistadores.

Curioso es también que en Yucatán hay monumentos conspicuos conmemorando a personajes como Fray Diego de Landa, religioso responsable de la destrucción dramática de códices y piezas invaluables para la comprensión de la historia de los mayas, en aquel famoso “auto de fe”, en la población de Maní, el 12 de julio de 1562. Nadie, nunca, se ha quejado ni pedido la destrucción de su estatua(s) ¿Será porque éste era sólo un conquistador de almas y no guerrero como los otros? ¿Porque éste era un religioso franciscano protegido por la inquisición, que quería muy seguramente el bien de los indígenas mayas?

Curioso es que en Mérida, que así se llama nuestra ciudad porque los conquistadores le pusieron el nombre por petición de los extremeños que venían en la expedición de conquista, vivan bien y bonito los detractores monumentales, y ninguno, nunca, que yo sepa, ha pedido que vuelva a llamarse T’Hó, nombre de la ciudad prehispánica que había sido abandonada y en cuyas ruinas Francisco de Montejo y León, el Mozo, que aparece con armadura en el conjunto escultórico, se asentó por instrucciones de su padre.

Y curioso que en esa Mérida y en todo Yucatán, se sigan construyendo fraccionamientos, bautizándolos con el nombre de quien conquistó y nadie vaya a quemar las casas de los mayas, mestizos y criollos que en esos barrios viven.

Curioso es, en fin, que a estas alturas de la historia vengan unos trasnochados a reivindicar las derrotas de un pueblo, al que esos mismos trasnochados humillan y explotan sin misericordia (o al menos observan pasivamente que eso suceda sin hacer nada efectivo por evitarlo) para pedir que se destruya un monumento que lo único que hace es recordar a una mitad de nuestros orígenes.

Cuántas curiosidades, ¿verdad?

El mismo derecho tendrían y tienen, en el Yucatán actual, de figurar con monumentos erigidos a su memoria los Montejo, Gonzalo Guerrero, Nachi Cocom, Tutul Xiu, el mismísimo Zamná, sacerdote y dios del panteón maya, y hasta el cura franciscano Diego de Landa, quien después quiso redimirse, quizá para compensar, escribiendo su famosa “Relación de las cosas de Yucatán”. Todos ellos finalmente, vale la pena recordarlo, son padres fundadores de lo que somos.

Recordemos también que la cultura del monumento pretende por sí misma de hablar a todas las épocas. El monumento no es necesariamente un símbolo de pleitesía o de sometimiento, como algún exagerado ha dicho en medio de estos debates tristes, sino que es, como su propia definición plantea, una obra pública puesta en memoria de una acción singular. Y los Montejo, vaya que protagonizaron una acción singularísima, gracias a la cual todos los parlanchines, incluyéndome a mí mismo, estamos hoy y aquí, tomándonos sorbetes en el "Colón" (of all names) del Paseo de Montejo, por las viejas e irreconocibles calzadas de T'Hó.

Gonzalo Guerrero Gonzalo Guerrero, padre del mestizaje, en el otro extremo del Paseo de Montejo.

RMM.

Mérida, la de Yucatán, en octubre del 2010.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Xavier Mina, en su homenaje.

Xavier Mina (Charlas)Portada del libro recién editado de Gloria López Morales

En estas horas del bicentenario de la independencia de México, Mina, en tu honor digo a mis hijos: sabedlo, "...hubo también españoles liberales y patriotas que sacrificaron su reposo y su vida por nuestro bien."
R. Menéndez.

Entre nosotros pocos extranjeros han merecido el monumento al heroísmo. Xavier Mina, conocido comúnmente como Francisco Xavier, es uno de ellos. Él, que supo trocar su sangre navarra en bronce mexicano, entregó su vida por la independencia de nuestro país y por ello ganó lugar de privilegio en el gran monumento a la patria, capaz de hablar a todas las épocas, como lo hace ahora, para que recordemos con admiración y respeto, a quienes gestaron la nación mexicana.

Del nombre del hombre.

Por los vericuetos misteriosos de la historia el nombre de Mina fue trastocado con el tiempo. Hay muchos, muchísimos libros de historia que se refieren a él aún como Francisco Xavier. Aunque Martín Luis Guzmán se había encargado desde 1932 de señalar el verdadero nombre en su Mina El Mozo : Héroe De Navarra, al decirnos que de pila el personaje se llamó Martín Xavier y que durante toda su corta vida él mismo se hizo llamar Xavier a secas, firmando incluso sus famosas proclamas de esa manera (ver el facsímil de su firma abajo).

Todo parece indicar que la confusión surgió después de su muerte porque el nombre del tío con quien corrió muchas de sus acciones guerrilleras y revolucionarias en la España bonapartista primero, y en la brevemente gaditana después, era Francisco Espoz Ilundain , quien después se hizo llamar como su sobrino Francisco Espoz Mina.

El caso fue que durante buena parte del siglo XIX, después de fusilado en el cerro del Bellaco, cerca de Pénjamo, en Guanajuato, a Xavier Mina se le añadió indebidamente el Francisco con el que la historia que enseñaron en nuestras escuelas, nos hizo recordarle a lo largo de estos casi doscientos años que han transcurrido desde su gesta heroica.

De sus acciones.

Mina murió muy joven. Apenas contaba con 38 años cuando fue ultimado por el realista y absolutista coronel Orrantía en noviembre de 1917, sólo 7 meses después de haber desembarcado en Soto la Marina, Tamaulipas, para abrazar la causa independentista de los insurgentes mexicanos. Pero vamos por partes:

Nuestro personaje había luchado en la tierra que le vio nacer en 1789 (el año de la revolución francesa y su cauda de ideas liberadoras), en la provincia de Navarra, con acciones guerrilleras que pretendían liberar a España de la invasión napoleónica de 1808. Se había desenvuelto como guerrillero, ganando fama y prestigio por su arrojo y eficacia durante buena parte de 1809, hasta causarle a los invasores galos una seria preocupación que les obligó a concentrarse en la persecución del Corso Terrestre de Navarra como llamó Mina a su cuerpo de voluntarios lugareños que combatían a los ejércitos napoleónicos.

Dirigió acciones certeras que hicieron esa ruta de los Pirineos peligrosa para las tropas francesas que querían ingresar a España. Finalmente hacia la primavera de 1810 la suerte le resultó adversa y fue apresado por los franceses y trasladado herido a Francia, donde se le llevó a Bayona y encerrado por un tiempo hasta que lo enviaron a París a entrevistarse con el mando de Napoleón, a quien por cierto le había llegado la fama del genio militar de Mina.

Duró un par de años su cautiverio en la Torre de Vincennes, tiempo que usó para estudiar matemáticas y técnicas militares. En 1913, tras la toma de París por los prusianos, los presos fueron liberados y él retornó a Navarra donde se reencontró con su tío Francisco Espoz, que había tomado el mando guerrillero y que había también cambiado su nombre para adoptar como segundo apellido el del sobrino (Mina) por razones de liderazgo militar.

En su tierra, ambos, sobrino y tío, se dispusieron a defender por convicción la constitución de 1812 (la de Cádiz) cuando advirtieron la intención de Fernando VII de conculcar los postulados reformistas de la misma y de abrogarla, como finalmente hizo.

Mina y su tío fueron entonces perseguidos implacablemente por las tropas absolutistas españolas hasta hacerlos huir hacia Francia en donde milagrosamente escaparon del patíbulo al ser retenidos primero y reclamados por los españoles después, para entregarlos a la justicia. Vivió nuestro personaje a partir de entonces un periplo que le llevó, viajando por Francia, a conocer a personajes de la época que luchaban en contra del absolutismo. Al cabo de los meses llegó a Inglaterra donde ya se conocían y se discutían con interés las noticias de la insurrección americana en contra de la dominación española.

Ahí, en 1815, un lustro después de haberse iniciado el esfuerzo liberador de los insurgentes, Mina conoció a Fray Servando Teresa de Mier quien le convenció de la nobleza de la lucha por la independencia de la Nueva España. Y Mina se enamoró del proyecto que sintetizaba su propia lucha en contra del absolutismo en su patria. Su suerte quedó echada a partir de entonces.

Mina y el fraile genial viajaron juntos a América y llegaron a Baltimore en donde se preparó su llegada a México por la costa del Golfo, en lo que hoy es Tamaulipas. Venía nuestro héroe decidido a entregar su vida por la independencia de este país al que no conocía más que en sus sueños de ser libre. Después de una escala en Galveston, empezando la primavera de 1917 –que sería la última de su vida- se embarcó con unos cuantos hombres a su aventura final.

Al desembarcar en Soto la Marina el 25 de abril de ese año, lanzó una vibrante proclama que siguió a otras previas, con las que siempre quiso explicar sus acciones y su proceder. Tal proclama dirigida a los mexicanos concluía:

"(...)Mexicanos: permitidme participar de vuestras gloriosas tareas, aceptad los servicios que os ofrezco en favor de vuestra sublime empresa y contadme entre vuestros compatriotas. ¡Ojalá acierte yo a merecer este título, haciendo que vuestra libertad se enseñoree o sacrificándole mi propia existencia! Entonces, en recompensa, decid a vuestros hijos: "Esta tierra fue dos veces inundada en sangre por españoles serviles, vasallos abyectos de un rey; pero hubo también españoles liberales y patriotas que sacrificaron su reposo y su vida por nuestro bien."

La lucha en el territorio de la todavía entonces Nueva España iba a ser muy distinta a la que él había esperado. Se sobrepuso a todas la vicisitudes de las circunstancias, y fue creando un ejército adaptado a la lucha encarnizada que se le iba presentando. Conoció a Pedro Moreno, otro héroe de los "de a de verás", que le acompañó en buena parte de sus pequeños triunfos y fracasos hasta el final de la vida de ambos.

El Sombrero, los Remedios, Jaujilla, lucha tras lucha, batalla tras batalla, con un cuerpo bélico mal integrado e indisciplinado, hasta caer derrotado en el rancho El Venadito, cerca de Silao, donde fue hecho preso. Moreno murió en el encuentro y fue decapitado para exhibir su cabeza en la picota a la usanza de las tropas realistas. Poco después, el realismo absolutista cobró también venganza del “traidor” Mina, quien es ejecutado por el Batallón de Zaragoza en la cresta del Cerro del Bellaco el 11 de noviembre de 1817.

El libro de Gloria López Morales.

Recién editado, dentro de la colección Charlas de Café, de la casa editorial Grijalbo, en el marco del Bicentenario de la Independencia, el libro de Gloria nos hace recorrer, entre sorbo y sorbo de café, la epopeya inmarcesible de nuestro personaje, a lo largo de sus avatares en Europa y de sus andares por Inglaterra, los Estados Unidos y finalmente a su llegada a nuestro país.

Relato encantador que nos hace vibrar de emoción para que al final, en el último sorbo de la infusión, Mina nos diga como respuesta a la provocación del interlocutor que se le presenta en la representación literaria, haciéndole ver que: “convendría revisar lo que pasó en un país donde la independencia se celebra con banderitas hechas en China, donde compramos mole en un supermercado gringo y donde pagamos los tragos y botanas con una tarjeta de un banco español….” Pues mira, responde Mina, “Que si hubiera que pelear de nuevo por la Independencia de México, yo sería el primero en enlistarme en las filas de la insurgencia….”

Xavier_Mina firma Facsímil de la firma de Xavier Mina, tomada de su proclama de 1817.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Libro póstumo de Juan Duch Gary: “Kukulkán: historia desfigurada”.

Portada del libro de Juan Duch (1942-2003): Kukulkán, historia desfigurada.

“Si Juan Duch Gary viviera me diría: ‘¡Mira cuándo te dignas a publicarme!’”, dijo la responsable de la edición del libro que recientemente fue presentado en la casona del <<Casal Catalá, Península de Yucatán>> en la García Ginerés de Mérida, la de Yucatán.

La editora, Zulai Marcela Fuentes Ortega, al hablar de Kukulkán, historia desfigurada, la obra póstuma del escritor yucateco y amigo nuestro, añadió, “se trata de una obra grande por su aliento cuya verdadera importancia es que se trata de una obra inédita, de la cual nadie (yo digo muy pocos) tenía noticia, es una novedad editorial, de una estructura literaria que no se le conocía”.

Platicó Zulai durante la presentación las circunstancias en las que Juan, el autor, le entregó el manuscrito allá por los años 1994 - 1995, y de cómo intentó ella infructuosamente editarlo en aquel entonces. Del olvido transitorio que sufrió el texto y finalmente, de cómo resurgió de entre el polvo de los papeles guardados, al cabo de una mudanza a la ciudad de Mérida, cuando Kukulkán mismo intervino con su poder deífico, como debería hacerlo, para que el poema dedicado a él viera la luz, no sin los esfuerzos del caso por parte de los mortales a fin de encontrarle al evento apoyo y patrocinio.

Tuve ocasión de señalarle a Zulai, inteligente y hermosa dama, que me sentía halagado por la presentación por muchas razones: ciertamente mi recuerdo de Juan y el cariño que le profeso, pero también por el hecho de que me sentía -me siento- parte del “secreto”. En efecto, tuve la ocasión de acechar por voluntad del autor el texto manuscrito, cuando en el ejercicio de la amistad que nos unía me mostraba orgulloso, en un pasado que se va tornando remoto, su obra entonces inédita.

Afortunadamente desde entonces hechos generosos y justos, como el que acabamos de vivir, han permito la publicación de su obra: primero con Yo podría volar, si no mirara, antología póstuma, coordinada por Rubén Reyes el año de 2007 y ahora con éste, fruto del esfuerzo editorial de Zulai.

El libro “nuevo” de Juan que fue presentado la noche del 19 de agosto en el Casal Catalá, aborda con prosa poética impecable el mito de la Serpiente Emplumada. Tuvo un tiraje de 500 ejemplares y se terminó de imprimir el pasado 27 de junio. Fueron coeditores el Centro Peninsular de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM y Casal Catalá Península de Yucatán.