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sábado, 11 de mayo de 2019

Los Menéndez de Yucatán....

Miércoles 12 de mayo de 1869, Puerto Sisal, Yucatán: Atraca la goleta Isabelita proveniente de La Habana.





Los Menéndez de Yucatán.....

Se cumple este 12 de mayo el sesquicentenario (1869 - 2019) de la llegada  al puerto de Sisal, Yucatán, México, de los hermanos Menéndez De la Peña, Rodolfo y Antonio, y de la esposa de este último, Ángela González Benítez, a bordo de la goleta Isabelita. 


Habían zarpado en el velero del puerto de La Habana el 10 de mayo escapando a la acción de las autoridades españolas que los acosaban por su vínculo con los independentistas cubanos, convocados  en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes al grito de ¡"Independencia y Libertad"! (el llamado Grito de Yara) que propiamente inició la Guerra de los Diez Años, misma que fue insuficiente para liberar a la isla del imperio al que estaba sujeta.

Hicieron la travesía con un grupo encabezado por sus abuelos maternos, José Antonio De la Peña y Múgica y Antonia Pérez de De la Peña. Venía también la hermana, Sofía Menéndez De la Peña, que habría de fallecer enferma de tuberculosis unos cuantos años después en la ciudad de Mérida. Antonio Menéndez, el mayor de los hermanos, había contraído nupcias el 30 de abril de 1869, días antes del viaje, con Ángela González. Todos ellos, con unas quince personas más, miembros de la familia De la Peña, cruzaron esa ocasión el Canal de Yucatán tomando rumbo al Suroeste con la intención de iniciar una nueva vida. 

Rodolfo Ménendez nos relata acerca del viaje en sus notas biográficas, escritas en 1908. Cuenta cómo el azar determinó el destino de la familia: el abuelo quien pagó el viaje a todos, había considerado en sus planes de huida dirigirse al Canadá, pero en la búsqueda del barco que los hubiera trasladado al puerto de Halifax se topó con un doctor, Méndez de apellido, yucateco de origen, que lo convenció con diversos argumentos de que deberían encaminarse hacia la cercana península.  "A poca distancia de Cuba -le dijo-, hay un país, sano, bueno y hospitalario: la vida allí es barata, la gente sencilla y laboriosa. En ninguna parte pueden estar mejor que allí. Ese país es mi patria, Yucatán. La Isabelita es una goleta que hace viajes a Sisal: está hoy en puerto, pues llegó ayer; si usted quiere, puede fletarla, ahí cabe perfectamente toda la familia. En Yucatán estarán como en su propia tierra y a un grito de Cuba. Allí hay varios cubanos y han sido muy bien recibidos. Más aun -agregó- "mi hermano Terencio les recibirá a ustedes y les ayudará en todo cuanto sea necesario". El abuelo recapacitó y cambió el rumbo de la fuga familiar..... y al hacerlo, el destino vital de todos sus acompañantes.... Dio pábulo así a las generaciones de Menéndez, los de Yucatán, que los sucedieron. Ya han transcurrido seis de ellas y corre la séptima con el nombre y los genes, cada vez más diluidos es cierto, de quienes llegaron aquel día a la costa yucateca, hace ciento cincuenta años.


Podemos imaginar la expectativa y la incertidumbre que reinó al momento de la llegada de aquel grupo de cubanos descendientes de españoles. Abuelo y abuela al frente de una larga prole de más de veinte personas que incluía a un pequeño de un año de edad, adentrándose en un territorio ignoto para ellos. Podemos sentir cómo esa incertidumbre se fue instalando en el ánimo de los protagonistas al descubrir que  en aquel entonces (1869) Yucatán estaba sumido en las tensiones de la  Guerra de Castas  iniciada hacía doce años  (no terminaría sino hasta empezado el siglo XX).  Podemos percatarnos, en fin, del desasosiego de los recién llegados cuando descubrieron que bajo la gubernatura de José Apolinar Cepeda Peraza, hermano del general Manuel Cepeda Peraza quien acababa de morir después de haber restaurado la república juarista en la península al derrotar por las armas a las fuerzas militares del segundo imperio mexicano, se manifestaba clara una crisis política que mantenía los ánimos públicos crispados, por decir lo menos, en medio de una severa atonía económica. Todo ello lleva en suma a pensar que nuestros antepasados, a su arribo a la nueva patria tuvieron seguramente un recibimiento muy diferente al que el señor Méndez les había augurado como cierto y seguro en La Habana, unos cuantos días antes. Debieron sin duda pasar por tiempos difíciles.


Al pisar tierra peninsular el grupo se dispersó. Los hermanos varones Menéndez De la Peña, con Ángela, mujer de Antonio, llegaron a Mérida, la capital del estado, y decidieron mientras se daban a conocer como lo que eran, maestros titulados de primera instrucción, iniciar un pequeño negocio de tabaco en el que tenían alguna experiencia por haber trabajado en ello en San Juan de los Remedios, su tierra natal. Se instalaron en un local, ahí entre la esquina de La Tucha y La Tortuga. "Eso daba poco. No encontrábamos trabajo y como nadie nos conocía y la situación financiera del país era muy difícil, parecía segura nuestra ruina", refiere Rodolfo en sus memorias. Así habrán mal pasado nuestros personajes sus primeros tiempos en la tierra de su adopción. El menor de los Menéndez, Rodolfo, confiesa que se desesperó y decidió volver a Cuba unos cuantos meses después de haber salido, con la intención de reincorporarse a la lucha libertaria. No regresaría a Yucatán sino hasta 1873, cuatro años después, al verse amedrentado por las circunstancias más adversas que encontró en la isla y frustrado por la esterilidad de los esfuerzos empeñados.

Se reencontraron por fin los hermanos Menéndez De la Peña en Valladolid, una de las ciudades de Yucatán en las que se vivió de forma más cruenta y con mayor intensidad el conflicto social que representó la Guerra de Castas, y donde ya para entonces vivían Antonio y Ángela, ejerciendo ambos su profesión, enseñando a leer y a escribir a la niñez maya del oriente del estado y siendo ella la directora de la escuela para señoritas La Esperanza. Un poco antes, en una escala de su periplo yucateco, viviendo en Tixkokob, habían nacido sus primeros hijos... ya mecían la cuna de su descendencia en el Mayab, lo que desde luego les daba carta de naturalidad en su nueva patria. Rodolfo, en 1875 encontró compañera ahí mismo, en Valladolid: Flora Mena y tendrían su primera hija, Libertad, que nació en esa ciudad oriental.  Las dos familias encontrarían hacia 1878 un proyecto más integral en Izamal decidiendo mudarse a esa "ciudad de los cerros", donde nacerían otros de sus hijos.  Retornaba la certidumbre y la estabilidad al ánimo de los nuevos yucatecos. A partir de entonces sintieron definido, ya para siempre y hasta sus respectivas muertes, el proyecto común de altruismo y el trayecto inmutable como pedagogos y servidores de la instrucción pública que los animó hasta convertirse en Yucatán, cada uno de ellos, por su propio mérito, en faros de luz y sabiduría, proyectándose desde la humildad de sus respectivas vidas hasta la eternidad de la gratitud yucateca que 150 años después de su llegada les sigue rindiendo homenaje. 

Los hijos de Antonio y de Ángela fueron: Yara, Carlos, Bolivia, Sofía, Antonio, Antonio (2), Óscar.

Los hijos de Rodolfo, quien tuvo dos matrimonios, el primero con Flora Mena Osorio, vallisoletana, fueron: Libertad, Rodolfo; Conrado, Conrado (2), Hidalgo, Estrella, Américo, Flora, Héctor e Iván. Tras el fallecimiento de Flora Mena en 1901,  Rodolfo volvió a casarse en 1903 con Nemesia Rodríguez y Castillo, originaria de Sotuta, con la que procreó tres hijas: Corina, Cordelia y Leticia.



A esta fecha, todas las personas señaladas anteriormente, primera generación de los Menéndez de Yucatán, han fallecido. Están en el reino de los vivos 6 generaciones descendientes de aquellos mencionados y de los aguerridos que llegaron en la goleta Isabelita en 1869 un día de mayo, como hoy, para transmitirnos sus genes y ofrecernos su ejemplo que admiramos.



En memoria de mis bisabuelos a quienes me enseñaron a querer y a respetar, sin haberlos conocido, escribo esta nota como homenaje y recordatorio de la efeméride familiar en este 150 aniversario de su llegada a nuestra tierra: Yucatán.


Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez.




miércoles, 29 de marzo de 2017

Antonio Ménendez De la Peña, maestro de Yucatán.


Antonio Menéndez de la Peña.jpg

 (30 de marzo de 1845 - 16 de octubre de 1912)
 

Fue un pedagogo mexicano de origen cubano, nacido en San Juan de los Remedios, en 1845. Exiliado de su país en 1869 con motivo de la guerra de independencia cubana, llegó a Yucatán a bordo de la goleta Isabelita con varios familiares, entre ellos su joven esposa,  Ángela González Benítez  y su hermano, el también maestro Rodolfo Menéndez de la Peña,  para dedicar su vida a la instrucción del pueblo yucateco, particularmente del pueblo maya. Nunca regresó a su patria de origen, obteniendo la nacionalidad mexicana en 1872. Murió en Izamal, Yucatán en 1912, a los 67 años de edad.

Ejerció una gran influencia en su medio y,  junto con su hermano Rodolfo, fue tronco de una familia -verdadera dinastía- muy conocida en la esfera intelectual de Yucatán. La aportación de sus integrantes, descendientes de tal tronco fraternal, ha sido en efecto significativa en México en el campo de las letras, la pedagogía y el periodismo. Destacan entre ellos su hijo el periodista Carlos R. Menéndez González, fundador del hoy Diario de Yucatán y sus nietos, también periodistas, Abel Menéndez Romero, Mario Menéndez Romero, Gabriel Antonio Menéndez Reyes y Miguel Ángel Menéndez Reyes, este último premio nacional de literatura de su país en 1940 por su novela Nayar.

Nota necrológica:
 La Revista de Yucatán, periódico de la época, precursor del actual Diario de Yucatán, que era dirigido por Carlos R. Menéndez González, publicó la siguiente nota el 18 de octubre de 1912:

Un triste acontecimiento.
________
La causa de la enseñanza está en duelo.
_______

En la media noche, cuando estábamos consagrados a la labor cotidiana de la formación de este número de LA REVISTA DE YUCATÁN, fuimos dolorosamente sorprendidos por la triste y lamentable noticia que nos trasmitió el telégrafo relativa al fallecimiento ocurrido en la ciudad de Izamal del Sr. D. Antonio Menéndez de la Peña, padre de nuestro muy querido Director, quien ayer mismo se ausentó a bordo del vapor americano, con el objeto de asistir al próximo Congreso de Periodistas, según en otro lugar se comunica a nuestros lectores.
La luctuosa nueva que hoy tenemos la honda pena de dar a la publicidad, ha de producir seguramente una penosa impresión en un gran número de yucatecos, entre los cuales el Sr. Menéndez y otros miembros de su distinguida familia, gozan de muy alta y merecida estimación, por las relevantes prendas que los distinguen. El honorable caballero que acaba de dejar de existir, vio la primera luz, en la Perla de las Antillas y era vástago de una familia asturiana, enlazada en la Isla de Cuba con la familia de la Peña, que se cubrió de justo renombre por su ilustración y por su patriotismo, desde que a mediados de la pasada centuria nuestros hermanos de Cuba hacían titánicos esfuerzos por la conquista de su Independencia. Los tumultuosos azares de aquella lucha inolvidable, trajeron a nuestras playas entre un buen número de inmigrantes utilísimos a la respetable familia Menéndez que encontró otra Patria en esta Península, en la que no le faltó el calor de nuevos y verdaderos afectos, que pudieron hacerle menos duro el pan amargo del destierro. Aquí fue en donde el Sr. D. Antonio Menéndez, constituyó un hogar en el cual la riqueza nunca asentó su trono, pero en el que la honradez nunca dejó de tener un perfumado altar en el cual brilló siempre la lámpara votiva y se esparcieron flores nunca marchitas. Fue el Sr. Menéndez un infatigable apóstol de la civilización, pues a la enseñanza de la niñez consagró sus mejores energías habiéndose distinguido en el Magisterio, no solamente en la ciudad de Mérida, sino en otras poblaciones entre las que podemos citar las de Progreso, Tixkokob e Izamal, en donde han quedado millares de huérfanos de la inteligencia, en virtud de la triste nota que hoy comunicamos.
La mayor parte de la vida de D. Antonio Menéndez de la Peña, puede decirse que fue una respuesta a la final impetración del inmortal poeta y filósofo germano que cerró los ojos para siempre, teniendo en los labios la palabra ¡luz!, pues desde la temprana juventud cuando dicho Sr. Menéndez acababa de llegar a este suelo, ofició en el templo del saber hasta hace muy poco, cuando ya la venerable ancianidad blanqueaba sus cabellos, quebrantaba su salud y agotaba sus energías. Nosotros que tuvimos el honor de tratarlo, fuimos admiradores de su vasta instrucción, de su invencible modestia, de su tenaz laboriosidad y de su acendrado amor para su familia, toda la cual latía en él y con él, como con un mismo corazón. En estos momentos de amargura, no podemos menos de tributar un sentido y sincero homenaje de respeto y de cariño, al padre modelo y ciudadano intachable, para quien se ha abierto una tumba en esta tierra que fue para él tan amada y en cuyo servicio pasó su existencia casi entera. Su alma clara y generosa, vuelve a la Infinita Llama de donde tuvo su principio y deja en este valle de lágrimas, un ejemplo que imitar y un recto sendero que seguir.
Hacemos presentes nuestras muy afectuosas frases de cordial condolencia a los numerosos deudos del eterno ausente, entre los que se sabe se cuentan, la respetable viuda Sra. Da. Ángela González Benitez, nuestro Director, D. Carlos R. Menéndez, el distinguido escritor y educador D. Rodolfo Menéndez de la Peña, hermano del finado, el ilustrado abogado D. Rodolfo Menéndez Mena, y muchos otros, en cuyos hogares, la Parca inexorable, hoy hace correr abundantes lágrimas y ha prendido el fúnebre crespón.

 Mérida, Yucatán, octubre de 1912.

Referencia hemerográfica: Revista de Yucatán, 18 de octubre de 1912
Biblioteca Carlos R. Menéndez
Mérida, Yucatán, México

domingo, 1 de noviembre de 2015

A Yucatán!


¡YUCATÁN ! (189?)
Poema inédito de Rodolfo Menéndez de la Peña.
Tomado de los archivos familiares del autor en posesión de
su nieta  Elma Carrillo Menéndez.


De la América en el centro al mundo muestra su faz
una tierra primorosa como otra acaso no hay.
Su cielo es azul turquino, la besa apacible el mar,
viste el sol de esmeralda su campiña tropical.

Una tierra hospitalaria donde se miran al par,
el amor puro y ardiente, la dulce fraternidad.
Donde virtud y belleza en noble consorcio halláis,
y es la divisa de todos Trabajo, Progreso y Paz.

Donde Minerva levanta sus templos aquí y allá
Sobre los cuales tremola la bandera liberal.
Es la región más preciosa  del pintoresco Anáhuac
y tiene el augusto sello de una sabia antigüedad.

Es la tierra en que Dios premia la constancia y el afán,
donde el agave generoso mil por uno al hombre da.
Es la tierra que yo admiro que idolatro más y más,
donde tengo las raíces de mi universo moral.

Es la tierra prometida de quién por el mundo ¡ay!
sin patria, amigos ni amores, busca un cielo y un hogar.
En la ribera del golfo se yergue, atalaya audaz,
de ilustración y cultura, de grandeza y libertad.

No preguntéis por su nombre, porque cuántos la adoráis,
como yo diréis al punto: ¡Esa tierra es Yucatán!

RM

sábado, 15 de mayo de 2010

Rodolfo Menéndez De la Peña, el día del maestro y Salvador Alvarado.

Maestro Rodolfo Menéndez De la Peña (1850 – 1928). Fotografía de 1901
Hoy se cumplen 160 años del natalicio de don Rodolfo Menéndez, fundador de mi estirpe en México, a quien debo el nombre. Maestro benemérito por declaratoria del Congreso del Estado de Yucatán en 1930. En Yucatán, decir maestro y decir Rodolfo Menéndez es antonomásico: la Escuela Normal fue llamada en su honor. Dedicó su esfuerzo y qué digo yo, su vida entera, a la enseñanza.
Por coincidencia o porque la historia quiso enfatizar la antonomasia, hoy, en este país, se celebra el Día del Maestro. Doble conmemoración pues, que yo quise fundir en una.
Hurgando en los anales del quehacer del bisabuelo me encontré con un discurso de un personaje también memorable en Yucatán, Salvador Alvarado, gobernador en el estado de 1915 a 1918, quien en un su discurso de clausura del primer Congreso Pedagógico de Yucatán (1915), cuya organización había confiado a don Rodolfo, dijo algo que conviene ser repetido, en remembranza de uno, como recordatorio para los otros y en fin, válgase, como llamada de atención al sistema, que evidentemente no le ha cumplido a aquellos con quienes obligación tiene.
Dijo a los maestros reunidos en tal Congreso el entonces gobernador que la Revolución trajo a Yucatán, al referirse al abandono en que se encontraba la educación primaria en el estado: “…me queda una esperanza, la que funden ustedes, y que para ser realizable urge que se den cuenta de que es ahora cuando deben redoblar sus esfuerzos. Ustedes traicionarían a la Patria, si no cumplen con su deber. Al maestro está encomendada la redención del pueblo y para ello no deben escatimar ni energías, ni oportunidad, que yo por mi parte, lo abandono todo para hacer girar el volante del progreso que tiene como eje la educación primaria. La mejor política de un gobierno es la protección a la escuela y al maestro. Es mi política, contad con ello”,
“Al salir de aquí, no crean los señores profesores que han llenado su misión, puesto que sólo vinieron (al Congreso) a plantear para resolver, la cuestión palpitante, la cuestión capital, que es la cultura del niño. Ese es el gran problema nacional y ustedes son los estadistas encargados de darle solución. A mí, más me preocupa el ábaco que la desfibradora (se refiere a una de las operaciones de la agroindustria del henequén, entonces tema toral para la economía de Yucatán) y en ustedes debe privar la misma idea. De hoy en más surja el maestro de entre sus propios escombros para redimirse, que necesita redención también, (ya) que se le ha colocado en segundo orden en el desarrollo de las actividades humanas, siendo así que su misión levanta y engrandece; pise fuerte y golpee recio que para ello tiene derecho el que da la civilización. Hecho grande el maestro, recoja su escudo y tiéndale la mano al analfabeta sacándole de la ignominia, de su ignorancia, como dijera el señor profesor Menéndez, porque de otro modo seréis culpables, señores, si por vuestro abandono deja de salir de los campos o de los pueblos un Juárez, un Altamirano o un Ocampo, de los muchos escondidos en el mundo de los olvidados…”
Opino que es válido e importante repetir todo esto en el aniversario del natalicio de mi antepasado, don Rodolfo; en el día consagrado a los maestros de la patria y en la víspera de un día electoral en un estado, como el mío, Yucatán, en que con las cifras de las últimas encuestas, más del 10 por ciento de la población padece aún, ¡casi un siglo después de pronunciadas las memorables palabras del estadista!, de la lacra infausta del analfabetismo.
R. Menéndez. Mérida, Yucatán-

A todos los maestros:
 ¡Jardineros del bien! / Continuad la labor: ¡Vuestro es el campo! / Los rosales que son todas las almas juveniles / de vuestra mano generosa esperan / cultivo y riego para ser felices. // ¡Transferid el descanso para luego, / mientras exista un huérfano del libro! Rodolfo Menéndez de la Peña.

viernes, 15 de mayo de 2009

Rodolfo Menéndez de la Peña (1850-1928) Notas inéditas autobiográficas.

Rodolfo Menéndez de la Peña (1850-1928)
Fotografía de 1898
Escritas por Rodolfo Menéndez de la Peña en 1908. (Transcritas y digitalizadas para este Blog. Publicadas para fines biográficos. )
Yo, Rodolfo Menéndez de la Peña…..
Nací en la Villa de San Juan de los Remedios, cabecera de la jurisdicción de su nombre, en el departamento central de la Isla de Cuba, el 15 de mayo de 1850. Fueron mis padres: Don Pantaleón Menéndez y Pérez y Doña Carmen de la Peña y Pérez. Pertenecían ellos a distinguidas familias remedianas, y eran primos segundos. Se casaron en 1844.
Mis abuelos paternos Don Francisco Antonio Menéndez del Toral, natural de Gijón, en España. Había venido a Cuba en 1801. Fue vista de la Aduana de Caibarién. Se casó dos veces: mi abuela carnal se llamaba María Pérez y mi abuela política, Ángela Echeverría.
Hijos de mis abuelos paternos: Filomena, nacida en 1810, Gertrudis, Covadonga, Eusebio y Pantaleón (1819). De su segunda esposa: Clotilde, Fernando y Luis Menéndez. Mi abuelo jugaba al billar admirablemente, era un insigne cazador y nadaba como un pez.
Mis abuelos matemos: Don José Antonio de la Peña y Múgica y Doña Antonia Pérez . Tuvieron los siguientes hijos: Dolores, Carmen, José Antonio, Elena, Ricarda y Mariano.
Dolores se casó con Don José Juliá, mexicano; Carmen, con mi padre; José Antonio con Doña Domitila Anido; Elena con Don Francisco Montalván; Mariano con Doña Carolina Falera, y Ricarda con Don José Bamet.
Los hermanos fuimos diez: Balbino, Clementina, Fernando, Antonio, Sofía, Cándido y (yo) Rodolfo: los otros tres murieron pequeños y ni siquiera sé sus nombres. Superviven, al escribir estas líneas, Antonio, Cándido y yo. Balbino murió en la flor de la edad: era ebanista y tenía un taller en la Habana. Murió de tétanos el 16 de noviembre de 1863. El mal le provino de haberle caído una pequeña trincha en el empeine del pie izquierdo. Balbino era tan honrado que, habiendo encontrado un paquete de billetes de banco (unos ocho mil pesos), corrió detrás del coche de cuyo interior había caído el paquete y anduvo cuatro o cinco cuadras detrás de él. Se negó a recibir gratificación. Todos los periódicos lo elogiaron mucho. Clementina y Fernando murieron pequeños. Sofía murió de tuberculosis el 31 de octubre de 1877, en Mérida. Antes había vivido con mis abuelos en Campeche. Cándido fue a estudiar a los Estados Unidos el año de 1868. Estuvo en "Ellicot", colegio cerca de Baltimore. Cuando no se le pudo continuar remitiendo la pensión, lo echaron del Colegio y desde entonces se puso a trabajar personalmente. Se casó con Jennie Trembly y ha tenido dos hijos Frank y Lolita. Ahora viven en Nueva York. Antonio se casó en Sagua la Grande en abril de 1869. Vino él con su esposa a Yucatán. Ha tenido los siguientes hijos: Yara, Carlos, Bolivia, Sofía, Antonio (muerto en Izamal muy pequeño) otro Antonio y Oscar.
Yo me casé en Valladolid de Yucatán el 23 de enero de 1875, sólo por lo civil. Mi esposa se llamaba Flora Mena. Era huérfana de padre y madre: tenía 19 años y era muy trabajadora, muy buena y muy inteligente. Tuvimos los siguientes hijos: Libertad, nacida el 25 de octubre de 1875, en Valladolid. Rodolfo de la Luz, nacido en Izamal el 4 de diciembre de 1878. Conrado, nacido en Izamal, en... (otro)Conrado, nacido en Mérida, el 15 de julio de 1883. Hidalgo, nacido en Mérida, el 15 de septiembre de 1887. Estrella, nacida en Mérida el.....Américo, nacido en Mérida el 13 de septiembre de 1889. Flora, nacida en Mérida, el 29 de abril de 1891. Héctor, nacido en Mérida, el6 de agosto de 1893. Horacio Iván, nacido en Mérida, el 9 de enero de 1897. Libertad murió el 10 de octubre de 1894, Conrado el...; Estrella el... Flora Mena de Menéndez murió en Mérida el 23 de julio de 1901, a los 45 años de edad.
El 31 de octubre de 1903 me casé en segundas nupcias con la Señorita Nemesia Rodríguez y Castillo, natural de Sotuta y de 25 años de edad. Nos casamos en Sotuta, únicamente por lo civil, y sin ceremonia alguna.
Pasé mi niñez tristemente. Estuve en dos o tres escuelas primarias de Remedios y en la escuela de Taguayabón. En Manacas, la pequeña finca de mi padre, aprendí a trabajar en el campo y tomé amor a la agricultura. Me gustaba mucho el trabajo material y fui tabaquero,
dependiente en una tienda, vendedor ambulante, etc. Compartía el tiempo entre el trabajo y el libro. Era muy estudioso y leía con ansiedad cuanto papel, libro o periódico caía en mis manos. Desde muy temprano aprendí y recité versos. Sin embargo, mi despertamiento intelectual se verificó en el Colegio Superior de San Juan de los Remedios. Había ya muerto mi madre (9 de octubre de 1862) y mi padre se hallaba postrado achacoso (murió el 16 de marzo de 1868), cuando, protegido por mi tío Don José Antonio Peña, hombre de grandes influencias en Remedios, entré en el Colegio Dirigido por el sabio trinitario Don Pedro Salavarría y Elizondo (1864). Allí hice mis estudios secundarios, y allí fui pasante desde 1865. Daba clases de lectura explicada. Además del Director, recuerdo a los profesores Don Fernando Ruiz y Don José Castillo. Me recibí en 1867.
En 1867, sin dejar todavía del todo el Colegio, fui nombrado (y este fue mi primer empleo) Estacionario de la Biblioteca pública de Sn. Juan de los Remedios, Con $30. oro de sueldo. En ese mismo año empecé a escribir versos y articulitos en los dos periódicos de la localidad: El Heraldo y La Atalaya. También escribí en el Liceo y en la Época de Villa Clara. El Director de este último periódico era el esclarecido patriota Don Eduardo Machado.
El 10 de octubre de 1868 dio el grito de ¡"Independencia y Libertad"!, Carlos Manuel de Céspedes. La Revolución se fue extendiendo poco a poco y posesionándose de los espíritus. El 29 e septiembre del mismo año había caído la monarquía de Isabel. En cuba el general Lesurdi seguía gobernando en nombre de la destronada reina, hasta la llegada del general don Domingo Dulce. Éste, para atraerse a los cubanos, dio algunas libertades, entre ellas la de la imprenta. La libertad de imprenta sólo duró el mes de enero. No obstante que el gobierno había dado un plazo de cuarenta días, que debía cumplirse e1 21 e marzo de 1869, de completas garantías, faltando a ellas aprehendió a infinidad de patriotas.
En Remedios, la noche del 14 al 15 de febrero, fueron reducidos a prisión los más distinguidos hijos de la localidad. Entre los presos se contaban mis tíos Don José Antonio de la Peña y Pérez y Don Mariano. Ellos fueron conducidos primero a la Cabaña y después a Fernando Poo. Mi señor abuelo Don José A. De la Peña y Múgica, que residía con su familia en Caibarién, decidió entonces emigrar con todos los suyos. Reunió el dinero que pudo (unos 16.000), dejó encargado de sus bienes a Don José Juliá, casado con mi tía Dolores de la Peña. Juliá era de ideas monárquicas, muy adicto al gobierno español y enemigo de los cubanos y de nuestra familia.
Yo me había tenido que ir precipitadamente (21 de abril de 1869) para Sagua la Grande, donde mi hermano Antonio tenía un colegio particular, y estaba para contraer matrimonio con la Señorita Ángela González Benítez, directora de la escuela de niñas de Sagua. A los pocos días de estar ahí recibí aviso de un amigo en el que me decía que se había librado requisitoria contra mí. Estuve varios días guardado en casa de la señorita Catalina Ortiz, amiga de Angelita, hasta que compramos una cédula en $50 pesos al comisario de policía.
También en esos días nos llegó el aviso y orden del abuelo para que estuviésemos listos y dispuestos a embarcamos en la Boca de Sagua, al pasar el vapor Cayero, procedente de Caibarién, rumbo a la Habana. El 1 de mayo estábamos en el puesto, yo, mi hermano Antonio y su esposa Ángela González de M. (Se había casado la noche antes).
Llegamos a la Habana el día 2; nos hospedamos dos días en un hotel y luego, mi abuelo alquiló una casa en la calle del Sol, esperando un buque que nos había de conducir al Canadá, país que mi abuelo había designado para nuestra emigración; pero otro era el rumbo que nos marcaba el destino. Un doctor yucateco de apellido Méndez, casado en Yaguajay, jurisdicción de Remedios) con una remediana, visitó a mi abuelo en la Habana: desaprobó su viaje al Canadá, país lejano, de otro idioma y de clima diferente y añadió: "A poca distancia de Cuba, hay un país, sano, bueno y hospitalario: la vida allí es barata, la gente sencilla y laboriosa. En ninguna parte pueden estar mejor que allí. Ese país es mi patria (dijo), "Yucatán". La Isabelita es una goleta que hace viajes a Sisal: está en puerto, pues llegó ayer; si usted quiere, puede fletarla: ahí cabe perfectamente toda la familia. En Yucatán estarán como en su propia tierra y a un grito de Cuba. Allí hay varios cubanos, y han sido muy bien recibidos".- A estas añadió otras razones y presentó otros datos: "Mi hermano Terencio, añadió, le servirá a usted en todo cuando hayan llegado a Mérida". Mi abuelo se entusiasmó por Yucatán, y en la necesidad de salir cuanto antes de Cuba, temeroso de un atentado y de que le confiscaran sus bienes, se decidió a fletar la Isabelita, (bajo el mando del) Capitán Ozama. Hacia el 10 de mayo de 1869, salimos de la Habana rumbo a Sisal.
Personas que, según mis recuerdos, vinimos en la Isabelita:
1. D. José Antonio de la Peña y Múgica.
2. Da. Antonia Pérez de de la Peña.
3. Ricarda de la Peña.
4. Pablo de la Peña.
5. Cándido de Montalbán.
6. Domitila Anido de de la Peña.
7. Elvira Anido.
8. Heráclita Anido.
9. José A. de la Peña y Anido.
10. Gertrudis de la Peña y Anido.
11. Joaquín de la Peña y Anido.
12.Antonio de la Peña y Anido.
13. Luis de la Peña y Anido.
14. Pastor de la Peña y Anido.
15. Carolina Falero de la Peña.
16. Mariano Segundo Peña y Falero.
17. Antonio Menéndez de la Peña.
18. Ángela González de Menéndez.
19. Rodolfo Menéndez de la Peña.
20. Sofía Menéndez de la Peña.
21. La morena Mercedes.
Pocos días después de nuestra llegada a Mérida, Antonio y yo pusimos una tabaquería en una casita situada entre la Tucha y la Tortuga. Preparábamos el tabaco y torcíamos. Yo salía a venderlo por las tiendas,. Comprábamos el material en la casa de mangas situada por el Elefante. Eso daba poco. No encontrábamos trabajo y como nadie nos conocía y la situación financiera del país era muy difícil, parecía segura nuestra ruina. El abuelo se mostró duro con nosotros y no nos protegió para damos a conocer como profesores de instrucción primaria.
En un momento de desesperación y con propósito de irme a la revolución, resolví volver a Cuba. Me embarque en (la goleta) Isabelita en agosto de 1869. Al llegar a la Habana fui conducido a presencia del Gobernador civil para explicar los motivos que me conducían a Cuba en aquellos momentos verdaderamente difíciles. Me fueron admitidas las excusas que di y puesto en libertad. En la Habana no pude lograr mis propósitos; y de todas las personas que vi, recibí solo esperanzas y dilaciones. Cuando se agotaron mis escasos recursos, resolví ir a Cárdenas, donde vivían varios familiares míos. Allí me sería más fácil encontrar trabajo y ponerme de acuerdo con los revolucionarios, idea que no se me quitaba de la cabeza ni un momento. Viví en casa de mi tía Filomena Menéndez que tenía recursos y me recibió bien. (Lo mismo) mi tía Covadonga Menéndez casada con Don Manuel López, Capitán retirado del ejercito español. Lo mismo me recibió mi primo Raimundo Rubio, fotógrafo y pintor. Con mi tía Filomena estaba mi Tío Eusebio. Los hijos de mi tía Covadonga se llamaron: Manuel Herculano, María Antonia, Andrea y Filomena, de los cuales (1908) sólo vive la última, Mi tía Tula, madre de Raimundo, también vivía en Cárdenas, lo mismo que su hija Buenviaje Rubio (Basita). Durante los dos últimos meses de 1869 y todo el año de 1870, tuve clases particulares en Cárdenas y ya estaba en relación con unos revolucionarios para proporcionar recursos a la Revolución.
En enero de 1871 desaparecí de la ciudad de Cárdenas y me fui a una sitería situada entre Lagunillas, la Teja, cimarrones y el paradero de Contreras. Allí, con pretexto de dar clases a unos niños de un siterio, y estando en relación con los amigos de Cárdenas, estuve todo el año de 1871, en activa comunicación con los insurrectos de las Villas. Aunque esa zona estaba muy vigilada y yo era tenido por sospechoso. El asesinato de los estudiantes de Medicina (27 de noviembre de 1871) me trajo de nuevo Cárdenas, y ya desde entonces sólo pensé en salir de Cuba para no volver a ella. No tenía ni un centavo, ni aun ropa que ponerme. Alquilé un cuarto y me puse a dar clases a domicilio y en algunas escuelas particulares. Al fin del año, tenía economizada una buena suma para irme al extranjero y para conseguir un.pasaporte. (Me costó 50 pesos oro ). Por fin, a fines de enero de 1872 tomé pasaje para la Habana y logré embarcarme en el vapor americano Washington que me trajo nuevamente a las playas yucatecas, (14 de febrero de 1873).
En Mérida vivían Mariano de la Peña con su familia y Ricarda y Sofia. (Entre la Perdiz y la Sirena). El resto de la familia estaba en Campeche. Salí de Cuba, un día después de que se proclamó la República en España, (11 de febrero de 1873). Estuve varios días en Mérida, hasta que a los ocho o diez días vino a buscarme mi hermano Antonio Menéndez que residía con su familia en Valladolid, desde hacía un año……
(Hasta aquí el texto autobiográfico)
RMM.

 Flora Mena (fotografía de 1901)

Para más información: el deceso de Rodolfo Menéndez de la Peña  en el Bolg de JMRM.