jueves, 31 de julio de 2008

Hace un año que se cumple en este día



La señora gobernadora del Estado de Yucatán dice: “Me indigna que un pueblo como el de Yucatán con muchos recursos e historia, todavia se encuentre con muchos rezagos y es por lo que nos comprometemos a seguir trabajando sin descanso” . Y, hoy, yo le pregunto: ¿Y, por qué no dice usted lo que ha hecho efectivamente para reducir estos rezagos? Sólo en materia educativa señora, el más lacerante de los rezagos que padece el pueblo yucateco, algo pudo haber hecho. Y no, su gobierno NO ha hecho absolutamente nada en este renglón del quehacer gubernamental, doloroso para la sociedad entera....

Hace un año que llorando te decía...

Hace un año que yo tuve una ilusión...

Hace un año que se cumple en este día.... Y, no. No se dió el cambio que esperábamos. No se ha dado. ¡No hay con qué! ¡Qué pena!

...Y otros que también tuvieron la ilusión

¿SEREMOS LA MINORÍA CRITICONA Y CONFLICTIVA? No sea usted rehén nuestro señora mía, de favor. ¿Que haríamos con usted?

sábado, 26 de julio de 2008

Durante el último año. Se cumple un ciclo.



En un año, desde el 26 de julio 2007: 13,511 visitas. 37 diarias en promedio. 25,600 "Hits". Suficiente para mantener la motivación, por ahora.

sábado, 19 de julio de 2008

Las islas (turcas)



Cita El País. Orhan Pamuk (Premio Nobel 2006)

Fragmento literario.

Una semana después de nacer me llevaron a las islas a pasar el verano de 1952. Mi abuela tenía una casa de dos pisos bastante grande en Heybeli, al lado del bosque, cerca del mar y en medio de un gran jardín. Un año más tarde, en el balcón de esa misma casa, grande como un porche, me hicieron mi primera fotografía andando. En la primavera de 2002, cuando escribí esto, alquilé una casa también en Heybeli, cerca de la de mi infancia. En estos cincuenta años he pasado muchos veranos en las islas de Estambul, en Burgaz, Büyükada y Sedefadasi, y en ellas he escrito bastantes novelas. En la casa de Heybeli había un rincón en el que cada año se marcaba lo que habíamos crecido nuestros primos y nosotros. A pesar de que la vendimos a causa de peleas familiares, cuestiones de herencias y bancarrotas, todavía voy de vez en cuando a mirar esas marcas fascinantes de la pared que muestran mi crecimiento dedo a dedo a lo largo de los años.

El verano en Estambul comienza para mí con la mudanza a las islas. Para ello es necesario que se hayan terminado las clases y que el tiempo sea lo suficientemente cálido como para poder bañarse en el mar, o sea, cuando el precio de fresas y cerezas ha bajado bastante. Cuando era niño los preparativos previos a la marcha a las islas duraban mucho más que ahora. Como en la casa de verano no había nevera y un frigorífico era un carísimo lujo occidental, la abuela descongelaba el de su casa y hacía que los porteadores que llamaba a casa lo envolvieran en tela de saco y lo bajaran con poleas; la loza se envolvía en papel de periódico; se le ponía naftalina a las alfombras y se enrollaban; y, entre el continuo bullicio de lavadoras, aspiradoras, discusiones y faena, se clavaban periódicos con chinchetas en las ventanas de la casa de invierno para que tapicerías, sillones y cortinas no perdieran el color con el sol. Por fin, cuando nos subíamos apurados a uno de los vapores de las líneas urbanas, que
éramos capaces de diferenciar por su forma, me poseía la emoción. Me daba la impresión de que aquel viaje de hora y media a principios de verano no terminaría nunca. Aspirando la frescura y el olor a mar y primavera, mi hermano y yo dábamos un par de vueltas arriba y abajo por el barco, presionábamos a mi abuela o a mi madre para que le compraran al vendedor de camisa blanca que paseaba con la bandeja en la mano una gaseosa para cada uno, bajábamos para charlar con el cocinero, que vigilaba la nevera, las maletas y los baúles junto a las amarras, y seguíamos con todo interés y observando cada detalle cómo el barco se aproximaba a las islas previas de Kinali y Burgaz, cómo ataban las amarras y cómo lo acercaban al muelle. (Cada ciudad tiene sus propios sonidos que es imposible escuchar en cualquier otro sitio y que los que viven en ella conocen perfectamente y comparten como un secreto: de la misma forma que París tiene el silbato del metro, Roma los aullidos de las motocicletas y Nueva York su extraño estruendo, Estambul tiene desde hace sesenta años el mismo sonido metálico de la pasarela de madera con ruedas de hierro siendo arrastrada al vapor que se acerca y la ciudad entera reconoce ese incomparable ruido.) Por fin, cuando el vapor se arrimaba al muelle de Heybeli y era amarrado, mi hermano y yo, sin hacer el menor caso a los gritos de nuestra madre y nuestra abuela de "¡Quietos, os vais a caer!", echábamos a correr felices hacia la isla.

No fue hasta mediados del siglo XIX cuando los más adinerados de Estambul y la clase media alta comenzaron a usar las islas como lugares de excursión y veraneo. Hasta finales del XVIII sólo algunas barcas de remos para el comercio hacían el viaje a las islas y llevaba cerca de medio día llegar desde el puerto de Tophane. Antes de eso las islas eran el destino al que los bizantinos desterraban a los políticos y emperadores caídos, espacios vacíos que servían de prisión cubiertos de monasterios, monjes, huertos y pequeñas aldeas de pescadores. A partir de principios del siglo XIX comenzaron a convertirse en el lugar donde pasaban el verano los cristianos de Estambul, los levantinos y diversos miembros de embajadas extranjeras. El que en 1894 se establecieran viajes diarios durante el verano de manera regular con los barcos de vapor ingleses que habían sido traídos a Estambul, redujo la travesía de la ciudad a Büyükada a hora y media o dos horas. Aquel viaje en barca de medio día al destierro en el que morirían y serían olvidados, que en tiempos hacían una vez en la vida para no regresar nunca más los
emperadores, príncipes y emperatrices bizantinos derribados del poder y los políticos que habían sido derrotados en la lucha por el trono, a quienes habían cegado con un hierro candente, a partir de los cincuenta, gracias a las travesías 'express', fue heredado por la multitud de estambulíes adinerados que cada tarde regresaban en cuarenta y cinco minutos de la ciudad a las islas. En los sesenta y los setenta, cuando los grandes ricos de Estambul todavía no habían descubierto el sur, Antalia y Bodrum, en las tardes de verano era tan difícil encontrar un sitio para sentarse en los 'express' que salían de Karaköy que una hora antes de que zarpara, los potentados enviaban a alguien, a un propio, para que ocupara el lugar en el que preferían sentarse y cuando el señorito llegaba al barco a su hora, el propio dejaba su sitio al patrón y se bajaba del barco. Como los varones ricos y adultos de Estambul, fueran judíos, cristianos o musulmanes, no tenían costumbres como la de leer, para divertir a esa masa de hombres que volvían del trabajo intentando matar el tiempo fumando, observando el mar y mirándose unos a otros, una serie de emprendedores particulares comenzaron a organizar por aquellos años juegos y rifas. Recuerdo cómo mi tío llegó sonriendo una noche a nuestra casa de Heybeli con una enorme langosta que había ganado en uno de aquellos sorteos en los que los premios consistían en símbolos de lujo inencontrables en el país, como grandes piñas tropicales o botellas de whisky.

A partir de principios de los ochenta, cuando el mar de Mármara empezó a contaminarse, las islas dejaron lentamente de ser el lugar donde los ricos de Estambul se arrimaban unos a otros por conciencia de clase, donde por las noches se lucía la ropa traída de Europa, donde no se avergonzaban de demostrar su poderío económico. Una tarde del verano de 1958 fuimos con nuestros padres a una recepción a la orilla del mar en un suntuoso yate que nos llevó de Heybeli a Büyükada. Recuerdo ver hermosas mujeres en bañador que se bronceaban en la orilla del mar untándose cremas, hombres ricos que bromeaban a voces y camareros de camisas blancas que les ofrecían a todos ellos bandejas de canapés y bebidas. Como en Heybeli, a causa de la Academia Naval, había multitud de militares y funcionarios, a mí siempre me resultaba más rica Büyükada, y los quesos de importación y las bebidas alcohólicas de contrabando que veía en las tiendas y el sonido de música y diversión procedente del Gran Club se unían en mi imaginación con la idea de que allí estaban "los ricos de verdad". Eran los años de niñez en que prestaba muchísima atención, entre avergonzado y ambicioso, a las diferencias de caballos entre los motores adosados a la popa de las lanchas rápidas, entre el caballero que se instalaba cómodamente en su coche de caballos en cuanto bajaba del vapor y los que iban andando, entre las mujeres que bajaban a la compra y las señoras que enviaban a otras a que se la hicieran.

Otra cosa que diferencia a las islas de Estambul proporcionándoles un ambiente completamente distinto, más que las ricas mansiones, la belleza de sus jardines, el hecho de que sean un lugar de vacaciones, las palmeras y los limoneros, son los coches de caballos. De niño me ponía muy contento cuando me dejaban subir al pescante desde donde el cochero gobernaba los caballos; en casa jugaba en el jardín a los coches de caballos imitando el ruido de los cascabeles y las herraduras y los movimientos del cochero. Cuarenta años después volví a jugar en las islas a lo mismo con mi hija. La condición indispensable para que te gusten esos faetones que todavía viven con toda naturalidad, no por ser una atracción turística sino porque son prácticos, baratos y silenciosos, es que no te incomode el denso olor a bosta de caballo que envuelve mercados, calles atestadas y paradas; al contrario, que te guste tanto como para buscarlo y cuando, durante el paseo, el cansado caballo (a veces despiadadamente azotado) levanta de repente con elegancia su tupida cola y comienza a vaciar en la calle su caliente y húmeda carga, contemplar el suceso sonriendo y con una curiosidad infantil.

Hasta principios del siglo XIX, las islas en invierno era donde vivían sacerdotes, seminaristas y pescadores rumíes. Cuando se instalaron en ellas algunos rusos blancos emigrados a Estambul tras la revolución de 1917, se abrieron en aquellas aldeas, cada vez más grandes, lujosos restaurantes y cabarets. La creación de la Academia Naval en Heybeli, la apertura de sanatorios para tuberculosos, el que en el último siglo se asentaran comunitariamente los judíos en Büyükada y los armenios en Kinali y el que en verano emigrara a las islas la población necesaria para alimentar a los veraneantes, provocó que se masificaran bastante, pero no las cambió. El hecho de que el gran terremoto de 1999 en Izmit se sintiera en las islas con fuerza y el que se sepa con certeza que el esperado gran terremoto de Estambul las golpeará mucho más de cerca están volviendo a dejarlas desiertas.

En otoño, cuando empiezan las clases en los colegios y termina la temporada, me gusta soñar que pasaré el invierno en las islas para sentir los anocheceres tempranos y la amargura de la llegada del otoño en los jardines vacíos. El año pasado, en uno de esos días de otoño, estuve paseando por los jardines y los porches desiertos de Heybeli y recordé mi infancia mientras comía higos y uvas que las familias que habían
regresado a Estambul no habían podido recoger. Era una triste alegría entrar en los vacíos jardines de familias a las que conocíamos de lejos sin tener nunca la oportunidad de intimar con ellas, subir por sus escaleras, balancearse en sus columpios y ver el mundo desde sus porches. Después de aquel paseo, tan parecido a los que hacía en mi niñez saltando muros, llegué a la casa de Ismet Bajá, en la que sólo había podido entrar una vez. La casa, de la que recordaba vagamente haberla visitado con mi padre hacía cuarenta y cinco años y que el antiguo presidente de la República me había sentado sobre sus rodillas y me había dado un beso, ahora tiene las paredes decoradas con fotografías de la vida del Bajá como político, hombre de Estado y veraneante, bañándose en el mar con un bañador negro con un único tirante. Lo que me produjo un escalofrío fue el vacío y el silencio profundos que envolvían la casa, como a toda la isla. Un olor indefinido a moho, polvo y pino en los baños, en los lavabos, en los detalles de la cocina, en el pozo, en la cisterna, en la tarima de los suelos, en los viejos armarios, en las molduras de las ventanas y en muchos otros detalles me recordó la casa familiar que ya no era nuestra.

Las cigüeñas que, procedentes del noroeste, bajan desde los Balcanes a finales de agosto y principios de septiembre para pasar el invierno en el sur, vuelan siempre en bandadas sobre las islas. Ahora también, como en mi infancia, salgo al jardín cuando pasan las cigüeñas y contemplo admirado el decidido y misterioso viaje de las "peregrinas", el rumor de cuyas alas puede oírse en el silencio. De pequeño regresábamos tristes a Estambul dos semanas después del paso de la última bandada de cigüeñas. Una vez en casa, leyendo las noticias de hacía tres meses de los periódicos colgados de las ventanas, amarillentos por el sol del verano, notaba fascinado lo lento que pasaba el tiempo.

Orhan Pamuk, escritor turco, premio Nobel de Literatura 2006, es autor, entre otros, de El libro negro, Me llamo Rojo y Estambul. Este relato, inédito en España, se publicará el próximo otoño en el libro Otros colores (Mondadori).

El Pais, 15.07.08

miércoles, 9 de julio de 2008

La guerra del petróleo. Pemex, problema de Patria.



Pemex, problema de Patria.

Cito ahora a Enrique Semo que escribió para la Revista Proceso. La pelea continúa.

La lucha, a la etapa decisiva
La guerra del petróleo

El precio del petróleo se ha disparado desde principios del año 2000 a un ritmo sin precedente. En ese año era de 34.50 dólares; en junio de 2008, el barril (159 litros) costaba 142.13 dólares: un aumento de más del 400% en ocho años.

Considerando la importancia del petróleo como fuente de energía en la economía moderna, esto crea una situación de emergencia que afecta sobre todo a Estados Unidos, que consume la mitad del petróleo del mundo. Algunos economistas señalan insistentemente la existencia de una especulación afiebrada detrás de ese aumento. Sobre "el barril de papel" ha florecido un inmenso y sofisticado negocio financiero basado en las operaciones con compras a futuro. Si bien no se puede ignorar ese factor, la mayoría de los analistas considera que el encarecimiento del producto se debe a un problema de oferta y demanda estructural, más que al papel de los manipuladores del mercado, y afirma que los datos fundamentales apuntalan la idea de que el precio a largo plazo del petróleo se mantendrá por encima de los 100 dólares.

Por ejemplo, Paul Krugman señala que otras materias primas como el acero también han conocido encarecimientos casi tan impresionantes como el del petróleo. La causa es la entrada en el mercado de los países emergentes, sobre todo China y la India. Por eso, insistir en la importancia de la especulación tiene el propósito de distraer la atención mundial de las verdaderas causas de una tendencia no reversible.

El precio del petróleo fluctuará en los próximos años, pero la tendencia a largo plazo es sin duda al alza. Es entonces comprensible que las grandes trasnacionales dedicadas al negocio tengan un interés vital en que se afloje el control que ejercen los países del Cercano Oriente y del resto del mundo sobre su petróleo, que en muchos casos ha sido nacionalizado, abriéndoles ampliamente la puerta a la exploración, extracción y todas las actividades anexas, y si es posible otorgándoles un derecho a largo plazo sobre este bien cada vez más escaso. El caso más notorio de la voracidad y falta de escrúpulos de estas compañías es la reciente privatización del petróleo de Iraq, que posee después de Arabia Saudita e Irán las reservas petroleras más grandes del mundo. El gobierno de Bagdad ha abierto a las compañías privadas sus reservas de 115,000 millones de barriles de crudo, cuyo proceso de nacionalización había comenzado en 1961 y que el gobierno de Sadam Hussein culminó en 1972.

Tras las dos guerras del Golfo y una década de embargo, la empresa estatal Compañía Petrolera Iraquí quedó en la ruina. La extracción se hundió, las refinerías quedaron inutilizadas y faltaba dinero para nuevas prospecciones. La violencia que se desató después de la invasión estadounidense de 2003 hizo imposible abrir el sector a la inversión extranjera, pero ahora, cuando el gobierno títere ha aumentado su control, todo parece indicar que los contratos a largo plazo concedidos a las petroleras que explotaron los recursos energéticos iraquíes entre 1925-1961 serán renovados. Las causas de la guerra de Iraq quedan súbitamente al descubierto ante los ojos del mundo entero. Si Saddam no tenía armas prohibidas y el gobierno de Estados Unidos lo sabía, como ha quedado probado hasta la saciedad, la única causa de la invasión fue el petróleo. Si la apertura de éste a las grandes compañías estadounidenses se materializa, lo que hasta ahora parecía una locura cobra un sentido siniestro. La derrota aparente de las armas estadounidenses se transforma en una sangrienta victoria económica, y en un mensaje para todos los países que han nacionalizado su petróleo y se niegan a abrir su explotación a las grandes petroleras privadas. De una u otra manera, éstas impulsarán su entrada duradera en todas las grandes reservas petroleras del mundo.

Es en ese entorno donde Calderón presenta su propuesta de reforma de Pemex, cuyo contenido principal es abrir la puerta a las inversiones privadas —que inevitablemente serán preponderantemente extranjeras— en el petróleo mexicano. Tras una década de insistencia machacona de los organismos internacionales y los sectores financieros de Estados Unidos en que México debía realizar las reformas estructurales, entre las cuales la privatización del petróleo aparecía como la perla de la corona, las transnacionales guardan ahora un silencio sospechoso. Pero no por silenciosa será menos efectiva su presencia. Iraq fue víctima de una guerra que dura ya cinco años y ha causado daños incalculables. México en cambio ha sido escenario de la consolidación de un grupo de tecnócratas comprometidos por convicción con el neoliberalismo y el ascenso de un grupo de políticos advenedizos sin sentido de soberanía y responsabilidad nacionales dispuestos a todo. La izquierda de México se puede congratular de haber sido la fuerza que impidió la aprobación por vía exprés de una expropiación de la riqueza nacional. Su acción en la calle y en el Congreso ha abierto una amplia discusión que, por su riqueza, demuestra un conocimiento extraordinario de la sociedad civil sobre el problema petrolero en México.

A lo largo de varias semanas se han definido dos posiciones irreductibles: la primera, que la situación de Pemex tiene remedio sin la participación directa de la inversión privada y la privatización del petróleo; la segunda, que sin éstas la economía nacional sufrirá irremediablemente pronto grandes perjuicios. La lucha pasa ahora a su etapa decisiva: del debate a la discusión y votación del proyecto en el Congreso y de éstas a la acción popular. Esta riqueza está en grave peligro de caer en las manos que azuzaron a la guerra de Iraq. Pero la batalla del petróleo puede también transformarse en un triunfo popular y en un renacimiento de la sociedad civil.— México, D.F. (Proceso).

miércoles, 18 de junio de 2008

La Torre de Pisa se ha salvado.



De un reportaje de Richard Heuze para Le Figaro de Paris.

Después de casi tres lustros de luchar contra la fatalidad, utilizando las técnicas reconstructivas más modernas y después de haber gastado la también monumental cifra de 27 millones de Euros, hoy, los responsables de los trabajos de restauración y salvamento de este famoso monumento pre-renacentista (construido entre los siglos XII y XIII) que pertenece a la cultura universal, puden decir ufanos que la famosa torre ha sido salvada y que su integridad física y estabilidad estructural, están garantizadas para los próximos 300 años.
Es en este mismo verano cuando se espera que al fin, el singular campanario de la Catedral de Pisa, quede liberado de las super-estructuras que le fueron adosadas para evitar que continuara su ya insostenible inclinación y que lo amenazaba hace quince años con el colapso total, lo que hubiera sido una tragedia verdaderamente monumental.
Durante los trabajos de salvamento ha quedado al descubierto que la torre fue construida sobre una Villa Patricia del siglo III, que a su vez había sido erigida sobre una necrópolis romana que cubrió en su época a un cementerio etrusco. De manera que es posible decir que esta pieza arquitectónica ejemplar y el sitio que la alberga, tienen una larga, larga, larga historia que contar.

viernes, 13 de junio de 2008

Leonora Carrington en el París del que un día huyó.


Cubierta del catálogo de la exposición de Leonora Carrington


En la Casa de la América Latina en París, ahí en las primeras calles del Boulevard St Germain, bajándose en el Metro Solferino, hay hoy y hasta el 18 de julio, una magnífica exposición con la obra genial de Leonora Carrington. Habría que recordar que es de este mismo París, del que la pintora britanico-mexicana huyó de los nazis hace casi 70 años, después de sumarse a la corriente primigénea del surrealismo que nunca ha abandonado en su ya larga, prolífica y grandiosa vida de artista, que México terminó albergando para honra nuestra.


Autoretrato (1936)

sábado, 7 de junio de 2008

Alejandría. Por las Tierras de Alá.

Gabriel Pernau, periodista catalán, desde su Blog de La Vanguardia.es. La selección que se presenta aquí abajo corresponde al capítulo 26 de la traducción al español de su libro "Por las Tierras de Alá": el recorrido en bicicleta de Tanta a Alejandría. El autor está publicando esta traducción del libro en su bitácora, por entregas parciales.


---

Al acostarme, oí el zumbido agudo de mosquitos y me puse el repelente que compré en Túnez. Pero al cabo de un par de horas, de nuevo se abalanzó sobre mí el odioso fiiiiiii, fiiiiiiii, fiiiiiii que te taladra el cerebro más que las picaduras la piel. Me tapé con el cojín, intenté aislarme, pensar en cosas agradables para conseguir conciliar el sueño. Pero no había nada que hacer. Cansado, llamé a recepción y al momento apareció mi salvador, armado con un enorme bote de insecticida. Roció techo, paredes, cama y el suelo y los malditos insectos se fueron, ellos también, a dormir.Entre una cosa y otra, sólo he dormido cuatro horas.
Quien sigue en sus dulces sueños es el camarero de la cafetería, sentado en una silla ante un televisor encendido, con la cabeza apoyada sobre la mesa. Me sabe mal, pero debo despertarle. Y si reacciona mal? Todavía no tengo una idea formada de cómo es la gente del país. La imagen que tengo de ella está cargada de tópicos y condicionada por películas en las que el egipcio era siempre el callado y obediente servidor de arrogantes colonos o militares ingleses. En la ficción, vestían túnica y el color de su piel era más oscuro que el real, seguramente a causa del betún. El colonizado soportaba humillaciones y maltratos, cuando se producían revueltas contra los imperialistas daba la espalda a los suyos y se mantenía fiel a sus señores. Hasta que llegaba el día en que, cansado de tanta tiranía, acuchillaba al sir al que servía de forma traicionera, a sangre fría y por la espalda.Por suerte, mi camarero se lo toma a bien: me sirve el desayuno e incluso me pide sellos de España.
A las siete y media abandono la ciudad dormida. Hoy es viernes, día festivo en Egipto, tanto para los musulmanes como para los también numerosos cristianos. Son varios millones, cuatro según el gobierno, siete según ellos mismos. Pertenecen a la iglesia copta, y llegaron al Nilo huyendo de los romanos. En la ciudad tienen un templo muy céntrico, bastante grande, con un campanario rematado por una cruz y textos en la fachada escritos en árabe y griego.
Si todo va bien, hoy llegaré a Alejandría. Una autopista conduce hasta la mítica ciudad que los árabes llaman El Iskandariya por un paisaje monótono, sin la abundante vegetación de ayer, sin pueblos interesantes, canales ni acequias. Junto a la carretera sólo se ven campos de algodón o de arroz, algunos frutales y una vía de tren por la que cada hora circula un veloz convoy pintado de rojo, blanco y negro, los colores de la bandera egipcia.
Pedaleo por una ancha línea de asfalto, esquivando las cajas de guayabas que los vendedores tienen esparcidas por el suelo. Cruzo una sola vez el brazo izquierdo del Nilo, y ni siquiera puedo sacar una foto porque controles militares vigilan los dos extremos del puente.Pero avanzo deprisa, casi setenta kilómetros en tres horas.Me detengo en Damanhur, donde ya se percibe la cercania del mar. Aquí se come pescado fresco, no salado como en Tanta. Y si allí vendían turrones, el dulce del desierto, en esta pequeña ciudad encuentro ricos hojaldres.
Cansado de autopista, tomo un desvío en busca de la carretera antigua. Allí, bajo un árbol, hay un hombre.-Disculpe, señor: ¿El Iskandariya?Señala que tengo que volver a la autopista, y yo que no, que quiero ir por carretera, que estoy ya harto de autopista –le explico con gestos.El hombre menea la cabeza. Yo insisto, pero él vuelve a señalar la autopista.
En apenas unos minutos, me veo rodeado por una veintena de personas aparecidas de debajo de las piedras. Mi pregunta se transmite a los que se acaban de incorporar, y todo el mundo coincide en que dé media vuelta, porque por allí no voy a ningún lado.Hasta que un hombre entiende mi intención. Tengo que seguir recto un par de kilómetros y torcer a la izquierda. ¡Chukrán!, me despido.A los diez minutos vuelvo a estar en el mismo berenjenal, parado en el centro de un pueblecito llamado Abu Hummus. Ante mí tengo un camino lleno de socavones en el que quizá algún día hubo asfalto.
Mi presencia concita la atención de niños y de los pocos hombres que no han acudido a la llamada del almuédano. También están los dueños de un par de carros de colores y sus caballos, guarnecidos con cascabeles, y de unas preciosas calesas negras que esperan la llegada de clientes.El veredicto es casi unánime: tengo que volver por donde he venido. Sólo alguno acepta que por aquí también podría llegar, pero con tan poco convencimiento, que opto por retroceder.Centenares de hombres abandonan la mezquita que hay a la salida del pueblo. Se nota que ha finalizado el sermón, porque los automovilistas que se habían detenido reanudan la marcha. Por el campo, numerosas mujeres caminan arrastrando tras de si a hijos y nietos, con unas grandes ollas de latón sobre la cabeza. Se dirigen a casa de los padres o de los suegros, para compartir día tan señalado como hoy con sus familias.
A las dos de la tarde, me regalo un refrigerio en un local cubierto por telas azules con ornamentaciones florales rojas, verdes y naranjas. Cuando veo que me sirven el doble de lo que he pedido, inclusive un platazo de arroz del que podrían comer cuatro, ya veo que a la hora de la cuenta habrá problemas.
Y los hay, porque me piden veinticinco libras, el doble de lo habitual.La discusión que sigue a la presentación de la cuenta es de lo más previsible: les pido que me detallen los números, cuando los dos chicos lo hacen les digo que me cobran el zumo de guayaba al triple del precio normal, ellos replican que en El Cairo los turistas pagan mucho más y acaban por rebajarme dos misérrimas libras.
Me siento robado, pero me molesta que esto suceda en sitios donde apenas ha llegado el turismo, descubrir lo rápido que se pegan vicios universales como la Pesca de la Cartera del Turista Desprevenido. Porque se comienza por pedir el doble y, si cuela, al siguiente se le pide el triple.En el fondo me siento mal conmigo mismo. Viajas con el propósito de no modificar ni influir en las gentes, pero acabas descubriendo que todos tus intentos por no dejar huella son en vano.
Así son las cosas y así hay que aceptarlas. Mejor quedarse con las situaciones divertidas. Aquí van unos datos que después de rodar bastantes horas por carreteras egipcias he podido confirmar: en un camión pequeño caben cinco búfalos colocados de través y todos mirando hacia el mismo lado, por si los pedos; en una furgoneta Chevrolet tipo pick up pueden cargarse dos de estos animales o bien cuatro terneros. En cuanto a sacos de algodón o de arroz, hay capacidad suficiente para treinta, cuarenta o cincuenta, tantos como el conductor sea capaz de sujetar con una cuerda sin peligro de perderlos por el camino. Algo que a veces sucede. Hace unas horas he visto un vehículo que había embestido el remolque que un camión había dejado olvidado en medio de la calzada.
El horizonte se llena de rascacielos, señal inequívoca de que nuestro esfuerzo va a recibir su justo premio.Alejandría es uno de esos destinos míticos que, por si solos, justifican un viaje. En el malecón, sentado frente al mar, enciendo un excelente cigarrillo Cleopatra mientras un vientecillo de mar, suave y húmedo, impulsa a los veleros que participan en una regata en el puerto oriental. A mi espalda, las fachadas de viejos edificios cubiertos de salitre rememoran tiempos mejores enfrentados al mismo mar que en el pasado les trajo opulencia.
Alejandría: ha costado mucho llegar hasta aquí, y ahora que he llegado, estoy convencido de que no me decepcionará. Nada borrará mi felicidad de estar aquí ahora. Ya sé que el faro y la biblioteca, que guiaron a navegantes y hombres de letras, dejaron de existir hace siglos. Y casi lo celebro, porque, de lo contrario, habrían edificado entorno a ellos decorados de cartón piedra y locales de comidas rápidas. Sin atractivos de primera magnitud que ofrecer, la ciudad se nos mostrará real y auténtica, con todas las arrugas y marcas que el tiempo ha sembrado en su piel.Queda poco de la urbe fundada por Alejandro Magno, de los palacios donde unos enamorados Cleopatra y Marco Antonio vivieron su historia de amor, del puerto en el que desembarcó Napoleón Bonaparte o de la prosperidad comercial que crearon árabes, griegos, italianos, judíos y gentes venidas de todos los confines mediterráneos.
Los primeros alejandrinos a los que conozco son la niña a la que fotografío, subida al muro de piedra que da al puerto, y a su padre. Mohamed es profesor de arte y me recomienda hoteles, sitios que debería ver, y me muestra el castillo de Qaitbey: "Allí a la izquierda, ese edificio blanco que está al final del istmo que cierra el puerto. Allí estaba el faro".
A Mohamed le encanta su ciudad y no tiene ni una palabra positiva para El Cairo, demasiado grande, demasiado sucia. Le comento que, en una primera impresión, Alejandría me recuerda a Europa, por sus edificios, por los nombres de sus calles, escritos en inglés además de en árabe, por establecimientos como el Cafe Rialto, Chaussures Edouard o Venezia Clothes, por la cantidad de comercios griegos y por las delegaciones francesas o británicas que se conservan.De su escéptica mirada, deduzco que le gustaría, pero que la realidad es otra.La realidad la encuentro en el Hotel New Capri, en la séptima planta de un edificio situado en la céntrica plaza Saad Zaghloul. El chico de recepción me trata con displicencia. En un momento determinado entiendo que dice que le siga y, sin quererlo, me cuelo en la vivienda familiar. Ante mí está la madre, que me mira con curiosidad, con los ojos abiertos, de forma franca y directa, sin desviar la mirada. Pero justo en el momento en el que va a decirme algo, el hijo la interrumpe de forma brusca y la mujer se retira a una habitación.
Ya de noche, bajo a dar un paseo por el centro, y mi idea de lo que es una ciudad bulliciosa empequeñece por lo que encuentro. Las calles han sido tomadas por millares de personas que deambulan aceleradas por aceras casi impracticables y por el centro de las calzadas, por ciclistas y conductores de carros que se precipitan contra las multitudes, por automovilistas que circulan con las luces apagadas y haciendo sonar sus bocinas, invadiendo los cruces sin levantar el pie del acelerador con una confianza ciega en que la muchedumbre ya se apartará.Parece como si los tres millones y medio de alejandrinos se hubieran puesto de acuerdo para salir de casa todos a la vez. Las tiendas están abarrotadas, incluso las más selectas, esas que venden relojes Swatch o ropa Armani. Familias enteras, con las manos ocupadas por chiquillos que se quieren escapar y por grandes bolsas, caminan a su aire, sin orden, tropezando unas con otras.
Y yo estoy agotado. Después de pedalear ciento treinta y siete kilómetros, no estoy preparado para tal histeria colectiva. Busco un sitio donde cenar, y, agobiado, acabo en un Kentucky Fried Chiken, donde, a precio de oro para los estándares egipcios, me sirven una ración mínima. Eso no parece importarle al chico que calza unas impólutas zapatillas Nike ni a la madre rubia que da de comer a sus retoños. Ellos son felices en este submundo. Pero yo no; tengo más hambre.Devoro un shawarma en plena calle y unos dulces en una pastelería donde no parecen muy conformes con que quiera sentarme. Y al terminar vuelvo rápido al New Capri.Desde la cama, ya con la luz apagada, la cacofonía del tráfico es todavía audible, pero cada vez más lejana.

Gabriel Pernau, La Vanguardia, 04.06.08
http://www.lavanguardia.es/novela/tierrasdeala.html