domingo, 11 de enero de 2004

Los cien años de Miguel Ángel Menéndez Reyes....

Los
Miguel Angel Menéndez Reyes. (Foto 1968)

Los Cien Años de Miguel Ángel... (Una semblanza)

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez.

Miguel Ángel Menéndez Reyes, mi padre, nació el 11 de enero de 1904. Nació en Izamal, Yucatán aunque algunas malas lenguas digan que fue en Mérida. Reconozco que las pruebas no favorecen mi afirmación pero la sostengo. Él decía a quien quería escucharlo que su origen estaba en el pueblo donde entonces vivían sus abuelos Menéndez, los cubanos. Y la verdad es que cada quien es de donde quiere ser. Él quería ser de Izamal. Ahí vivió. Ahí se dolió de su temprana orfandad paterna. Ahí corrió descalzo su pequeño pregón por el pueblo, “guijarro en mano, humo en los ojos”, vendiendo periódicos para ayudar a la precaria economía familiar. Ahí, en la llamada Ciudad de los Cerros. Él nació en Izamal. Hace cien años.

Desde París, ciudad eterna, donde hoy vivo, tiro el puente y regreso imaginariamente al roquedal que es Yucatán para hacer esta semblanza y rendirle homenaje a mi padre en el centenario de su nacimiento. Lo merece. Lo merece a los ojos del hijo que lo quiso, que lo quiere. Lo merece a la vista de lo que hizo, de lo que logró, de lo que dió, de lo que fue.

Antonio Menéndez González, el padre de mi padre, cazador de pájaros, tejedor de sueños, muere muy joven como consecuencia de haberse precipitado de un árbol cuando revisaba las trampas de sus cenzontles, de sus chinchinbacales, de los cardenales que se volvieron rojos al sorberle el alma al flamboyán peninsular y al morir así, deja viuda a Concepción Reyes, mi abuela, con una prole de cinco hijos de los que, el segundo, de seis años de edad, era mi padre. En esa tragedia familiar se asoma a la vida Miguel Ángel quien entonces debe aprender a cabalgarla “en yegua sin rienda, en yegua sin rumbo”.

Antonio Menéndez de la Peña, mi bisabuelo cubano, maestro, hijo de maestros, hermano de maestros, padre de maestros -ahí está su escuela todavía, viendo hacia el convento, retándolo quizá desde el jacobinismo, semiescondida detrás del palacio municipal, en el Izamal donde también enseñó con doña Ángela González, su mujer, mi bisabuela, también cubana-, recoge con cariño inmenso al desamparado nieto. Existe aún la humilde morada donde el huérfano Miguel Ángel vivió y aprendió, de la mano de su abuelo y sin maternal permiso, a ver de curas y sacristanes aves de mal agüero. Ahí, en ese Izamal polvoso -hoy llamado pueblo mágico por los publicistas del turismo mexicano- donde “el arco voltaico es un milagro que no revela el siglo todavía”.

Pues en aquella yegua sin rienda que tantas veces lo tumbó y a la que tantas veces volvió a montar hasta domeñarla, se fue por la vida mi padre. Salió de Yucatán temprano, porque entonces, como ahora, la patria nuestra, patria chica o patria grande, expulsaba a sus hijos, sin saber retenerlos, por esos absurdos tan bien explicados por el retraso y por la miseria. En la Ciudad de México, destino forzado de los exiliados de nuestra provincia de antaño, abrió brecha en la actividad política. Orador elocuente y fogoso, con una clara conciencia social aprendida del trabajador maya vencido con quien convivió en su infancia izamaleña, encontró quehacer en las filas del Partido Nacional Revolucionario (PNR) que le llevó pronto al Congreso de la Unión en donde, representando a su estado natal, ejerció el credo agrario que lo impulsó toda su vida política. Creía, con el General Cárdenas, que la riqueza de México y su prosperidad estaban esencialmente en la repartición de la tierra y en la reivindicación del derecho campesino mexicano.

Eran los treintas y sus propios treintas. La revolución mexicana seguía aferrada al propósito de hacer justicia regresando con la reforma agraria, a quienes trabajaban el campo, el fruto directo de su esfuerzo así como la tierra en que lo gestaban. Reforma agraria, justicia social, sueño binomial inalcanzado en el México nuestro. Utopía de la que no se repone aún la mexicanidad. El campo en nuestro país era y sigue siendo, en su generalidad, expresión brutal de la miseria. Asignatura incumplida de nuestros padres, de nosotros mismos. No supieron, no hemos sabido. Seguimos sin saber cómo. Nos ha ganado la maldita demagogia. Tal vez nuestros hijos sepan mañana. Ojalá.

Su empeño obstinado en asistir al triunfo de sus ideas y el choque de éstas con la cruda realidad (dice en sus poemas: “..te di todos mis treintas, mi llanto cívico que es el llanto verdadero y demandé justicia...mientras la justicia se daba por dinero”), sumados al arribo al poder público de quienes habrían de traicionar el ideario revolucionario mexicano, le separaron de la actividad política y le llevaron al terreno del periodismo y marginalmente también de la diplomacia. Embajador en Colombia, en la China de la segunda guerra, en la América del Sur como plenipotenciario en esos tiempos de crisis, representó a México con gallardía y honorabilidad.

Ejerció el periodismo, deformación familiar diríase. El suyo, fue periodismo de denuncia, de choque, reivindicativo. Logró integrar su propio periódico: el primer diario mexicano en inglés, el Mexico City Herald, que más tarde habría de adquirir la cadena del Novedades para incorporarlo a lo que después fue el cotidiano The News. Perseguido político como editorialista, nunca transigió frente al tirano. Tarde le sería reconocida la profunda convicción y la generosidad de su actividad periodística pero al fin, en el ocaso de su vida, recibió el aplauso de la comunidad de la prensa nacional.

Desde niño, contaba él, sintió correr por su sangre la gotita loca de la poesía y la literatura. Emprendió estas disciplinas cuando joven y nunca las abandonó aunque desventuradamente les dedicó menos tiempo y energía de los que su capacidad y talento literario hubieran merecido. En Nayar, tal vez su obra cumbre, novela laureada con el Premio Nacional de Literatura, refleja con fuerza y realismo extraordinarios, el drama lacerante del indígena mexicano –el pueblo cora, en el caso de su relato- sujeto a la perversidad y a la marginación impuestas por el régimen de conquista y dominación del cual siguen siendo víctimas. En Malintzin, ensayo histórico, revisa el perfil psicológico de la madre auténtica del mestizaje mexicano: Malinali Tenépatl, Marina La Lengua para el conquistador. En sus libros de poemas, El Rumbo de los Versos, Otro Libro, Teoría del Naufragio, entre otros, proyecta con sentimiento desbordante el arraigo profundo a su origen, a sus raíces, a su tierra. Tierra del padre mío y tierra del padre suyo: Yucatán.

De todas las enseñanzas que me legó y que hoy en la distancia crítica del tiempo le aprecio y agradezco, hay una, sobretodo una, que considero valiosa entre el vasto tesoro que heredé. Esa la capacidad de mi padre para reinventarse en la adversidad. Esa su fortaleza para renovarse, para, en la ausencia de puentes reales, ser puente de sí mismo. Hasta la fecha, lo confieso, intento seguir su consejo sabio: “.....si tu ala fuera contra viento oscuro y en turbión se tornara el rudo viento, ¡no intentes descender, alza el intento! Mientras más alto el vuelo, más seguro... A él, vivir así, le valió también morir feliz, cosa que hizo, muy dignamente, sin remilgos ni aspavientos previos, a sus 78 años, en 1982.

Hoy, yo, en este día de centenario, cursando mis sesentas, entrado en canas, desde lejos pero muy cerca, con emoción creciente, con filial orgullo, lloro el llanto de la ausencia y canto el amor eterno a mi padre...., a mi padre cariñoso y ejemplar...., a quien me dio la vida.

Publicada el 11 de enero del 2004
Para más de Miguel Ángel Menéndez usar los siguiente vínculos:

viernes, 31 de octubre de 2003

La California de Terminator

Ver el peligro en la California de Terminator.

Por: Rodolfo Antonio Menéndez y Menéndez, desde París.

Es mi propósito con esta viñeta llevar a la atención de ustedes la visión de uno de los más influyentes periódicos de la vieja Europa, Le Monde, con relación al proceso electoral que recién se ha verificado en California y que tuvo como resultado llevar a la gubernatura de ese estado norteamericano, un día parte de nuestro territorio, al actor austriaco mejor conocido por el nombre de su personaje de cine más famoso: Terminator.

Voy, con esa intención, a traducir textualmente el editorial de este periódico francés aparecido en el número correspondiente al jueves 9 de octubre pasado. Inicio la cita:

“La California es reconocida por su capacidad de innovación. Toda nueva tendencia venida de Los Angeles o de San Francisco termina generalmente por atravesar el continente americano de oeste a este y después el Atlántico.

Esta que ha lanzado el martes 7 de octubre es inquietante. No porque lleve al poder en Sacramento, la capital del estado, a un actor de cine sin la menor experiencia política, cuyas preocupaciones han sido hasta ahora más cercanas a la construcción del cuerpo que a la construcción de la nación. El Sr. Schwarzenegger, un republicano del centro, supo beneficiarse de la influencia política moderadora de su esposa, Maria Shriever, y del clan Kennedy en el cual ella lo introdujo. Se rodeó de consejeros competentes. Perpetúa el sueño americano, aquél del extranjero al que este país de inmigrantes le sigue ofreciendo la posibilidad de escalar los más altos peldaños sociales.

No, es el proceso que ha llevado a la victoria de Arnie el que debe alertarnos. He aquí un estado de 35 millones de habitantes cuyo Producto Bruto es cercano al de Francia. He aquí una tierra bendita de los dioses en la cual han germinado Hollywood, Stanford y el Valle del Silicón y que continúa atrayendo a pesar de todo lo malo que se pueda escribir sobre los males californianos a millones de mexicanos y de asiáticos. He aquí un vivero de recursos económicos, intelectuales y políticos de primer orden para la primera potencia del mundo.

Y sin embargo, he aquí un estado en el que a golpes de millones de dólares se puede destituir por la vía democrática a un gobernador apenas once meses después de su elección. Cuando lanzó la campaña de revocación del gobernador pagándole a mucha gente para recoger el millón de firmas necesario, Darrell Issa, riquísimo empresario local, pensaba principalmente en sí mismo para suceder a Gray Davis. Pero el proceso se le escapó.

Después de muchas peripecias jurídicas los electores californianos se encontraron este pasado 7 de octubre frente a dos preguntas para responder en el mismo acto: ¿desea usted revocar a su gobernador? Y ¿quién, entre los 135 candidatos –sí 135- cuyos nombres siguen, desea usted que sea el sucesor? En el colmo del absurdo electoral, estas preguntas han sido planteadas en boletas de voto tan defectuosas como las tristemente célebres utilizadas en la Florida cuando la elección presidencial del 2000. Como si de ese fiasco ninguna lección hubiera sido derivada.

Laboratorio de los Estados Unidos, la California lo ha sido también en materia del proceso democrático en los últimos veinte años: más y más, a golpe de referéndum y de “iniciativas ciudadanas”, la democracia directa le ha tomado el paso a la democracia representativa. Así, igual que su predecesor, el Sr. Schwarzenneger tendrá las manos atadas sobre el destino de cerca del 70% de los recursos presupuestales del estado, en razón de limitaciones impuestas por plebiscitos anteriores sucesivos.

Esta constante resulta, es claro, de la desconfianza del electorado con relación al “establishment” político. La victoria del populista Scwarzenneger no es más que una ilustración complementaria”.

Hasta aquí la larga y afilada cita. Interesante creo como un punto de vista que nos llega desde la vieja y reflexiva Europa y cuya substancia nos toca de cerca, en la frontera misma de nuestro territorio con ese país que ya casi recuperamos (me refiero a lo que perdimos en el siglo XIX) por el camino de la demografía actuante e invasiva, al punto de que el contendiente más cercano al ganador en el proceso electoral californiano fue nadie menos que Cruz Bustamente, uno de los nuestros. Veamos en esto con modestia mexicana que todavía cuenta más en California el ser ario y rico.

Pero hay otro aspecto que nos debe llamar la atención y lo lanzo como corolario. Usemos la expresión editorial que reproduzco como un juego de espejos en el que a los mexicanos nos conviene mirar en una doble dimensión: la del desafortunado e increíble esfuerzo que todos los partidos políticos nuestros, todos sin excepción, están haciendo en nuestro país para desvirtuar día a día, como si fuera con todo propósito, la actividad política frente a la ciudadanía. Tendríamos que reconocer que cada vez más el ciudadano común pierde la confianza, el interés y el respeto por la política institucionalizada, a eso que Le Monde denomina el “establishment” político. El resultado de esto, que ya se está viendo, es que no estamos muy lejos de tener que validar todo por la vía plebiscitaria destruyendo en el camino todas las virtudes de la democracia representativa.

La otra dimensión, igualmente nefasta, es la de la preeminencia del populismo demagógico que amenaza seriamente la vida política del país. No hay valor político superior, ni interés de mayor jerarquía para la nación, según esta corriente en boga actualmente, que el capricho manipulado mediáticamente e irreflexivo por tanto de la sedicente voluntad “popular”. No es necesario que me extienda en ello para que todos sepamos a que me refiero. El caso del D.F. y el uso que del método referendatario hace el inefable Jefe de Gobierno son el ejemplo mejor de esta tendencia. Aprendamos de California.

Octubre del 2003

sábado, 27 de septiembre de 2003

El derecho de Morir

Eutanasia, ¿Sí o No? El derecho de morir.

Por: Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez, desde París.

El viejo debate filosófico: ¿Debemos mantener a toda costa la vida de un ser humano postrado por la enfermedad incurable, sin miramiento a la calidad de su vida? ¿Debemos ayudar al enfermo sin remedio a bien morir, a escapar de su sufrimiento sin esperanza? ¿De quién es nuestra vida? ¿De nosotros mismos? ¿De un dios etéreo? ¿De la ley? ¿De la sociedad? ¿De quién? ¿De quién es nuestra vida?

Hoy en Francia vuelve a cobrar actualidad este viejo e insoluble debate ante la rigidez de la ley de los hombres y la súplica misericordiosa de un joven, Vicente, de 22 años, cuadrapléjico, mudo y ciego como consecuencia de un accidente automovilístico ocurrido hace tres años que le ha tenido en el lecho del sufrimiento permanente y en el confinamiento de su incapacidad y dependencia totales, en un hospital del norte de Francia, bajo el cuidado permanente y sacrificado de su madre: Marie Humbert.

Sucede que esta buena señora después de tres años vividos, día tras día, con la intensidad de una tragedia irreparable, decide en común acuerdo con su hijo, la víctima, este pasado 25 de septiembre, en el centro hospitalario donde se mantenía con vida al paciente, de poner fin al sufrimiento inenarrable de ambos, inyectándole a Vicente pentobarbital sódico para sumergirlo por el efecto del barbitúrico en el sueño eterno, para darle una muerte piadosa.

Casi dos horas después de que la madre hubiera administrado a su hijo la substancia letal los médicos del nosocomio advierten el hecho y trasladan de inmediato al paciente al centro de reanimación al tiempo que piden a la policía que detenga a Marie Humbert por intento de asesinato de su propio hijo. Los representantes de la ley, diligentemente, se llevan a la señora a la comisaría mientras los médicos, en la sala de urgencias, intentan rescatar de la muerte, al parecer inminente, al paciente.

El joven Vicente había escrito, el año pasado, una carta emotiva al Presidente de la República, Jacques Chirac, pidiendo que le concediera el “derecho a morir” ante la situación desesperada e irremediable en la que se encontraba desde hacía más de dos años. En la ocasión el Presidente francés, además de entrevistarse con la madre, le contestó de forma manuscrita al enfermo diciéndole comprensivamente: “Querido Vicente: He leído tu carta con emoción. Tu sufrimiento y la angustia que expresas con relación a tu madre, tan dedicada, me afectan profundamente. Tu súplica es conmovedora. No puedo darte lo que me pides, porque el Presidente de la República no tiene ese derecho. Comprendo tu pena y la desgracia de tener que vivir en las condiciones que enfrentas. Deseo ayudarte. Veré próximamente a tu madre y hablaremos de ti y de ella también. Debemos encontrar juntos los medios para aligerar el peso enorme del apremio que sobre de ella existe. Te quiero decir, querido Vicente, que es posible hallar para ti ayudas novedosas que te aportarán, espero, alivio en medio de tantos sufrimientos. Nos vamos a movilizar todos para ello. Quisiera ofrecerte, en fin, así como a tu madre que te leerá esta carta, todo mi respeto. Seguiré personalmente la evolución de tu situación. Estaré en todo momento disponible para ti y para ella. Querido Vicente, estoy contigo y te ofrezco mi más caluroso afecto.” Así concluye su carta –escrita con una bella letra según le refiere Maria a su hijo postrado- el Presidente Chirac, quien posteriormente tendría también el gesto de hablar por teléfono al hospital para establecer una cita con Madame Hubert y decirle por la bocina algunas palabras de aliento a Vicente.

Hoy nos cuenta el mismo Vicente cómo convenció a su madre de matarlo por amor. En su libro titulado “Os Pido el Derecho de Morir”, escrito en colaboración con el periodista Frederic Veille, que ayer mismo salió a la venta en Francia, a lo largo de 188 estrujantes páginas, da cuenta este cuadrapléjico sin remedio de su tragedia personal y del sufrimiento que ha tenido que afrontar junto con su madre. Su verdadera vida, dice, concluyó el 24 de septiembre del 2000 en una carretera secundaria de Normandía, al norte de Francia. Ese día el automóvil que conducía se estrelló contra un camión que venía en sentido contrario y que literalmente deshizo su vehículo. Regresaba a casa después de un día de práctica en una estación de bomberos, institución a la que el joven, de cuerpo atlético, estaba pretendiendo ingresar. Era su sueño: quería ser bombero.

Tres días en reanimación intensiva y nueve meses posteriores de coma hubieron de pasar antes de que Vicente recuperara la conciencia. Su cuerpo sin embargo ya no funcionó más. “Recuperé la cabeza, pero sólo eso. Desde entonces la única libertad que tengo es la de pensar” refiere el infeliz. Pegada a su lecho desde entonces, Maria, la madre, lo cuida, lo estimula, le habla constantemente, le hace escuchar música, hasta que finalmente, un día, el muchacho, contra todo pronóstico médico, mueve su dedo pulgar. A partir de ese momento, con gran perseverancia, la mamá le enseña nuevamente el alfabeto a su Tití, como cariñosamente llama María al menor de sus tres hijos. Durante meses el joven avanza y parece recuperar facultades. La primera frase que logra construir presionando la palma de la mano de su madre, al principio con gran dificultad, es: “Mamá, estoy contento de que estés aquí”. En ese momento hay un destello de luz y surge algún optimismo en medio de la tragedia de estos dos seres.

Poco dura la esperanza. Pronto los médicos les confirman que no hay posibilidad de mayor avance. El paciente, dos años después de su accidente, debe dejar el hospital de rehabilitación en el que se encuentra para dar su lugar a alguien con mayor esperanza de normalización. Vicente ha perdido la suya. Debe ser trasladado a un centro especializado para ser mantenido ahí indefinidamente. Está condenado a quedar así, inmóvil, dependiente, con dos sondas conectadas directamente al estómago para su alimentación, requiriendo ayuda a veces hasta para respirar. Sin ver, sin hablar. Expresarse primitivamente con movimientos de dedo. Sólo eso y escuchar y pensar y sufrir lo indecible. Sólo eso. Para siempre, en una expectativa de “vida” que puede ser tan larga como la de cualquier individuo sano. “Es imposible vivir así” dice Vicente. “¡Esta es una vida de mierda!” confiesa en su relato. “Si estuviera usted en mi lugar, que preferiría: ¿vivir o morir?”

Él prefiere morir y así se lo dice a su madre. Ella rechaza la idea. Él insiste y vuelve a insistir. “Mi decisión estaba tomada”. “Era una decisión madura”. Le pide a los médicos y a las enfermeras una medicina “para terminar”. En vano. Todos aceptan que la vida del joven es un verdadero calvario pero nadie está dispuesto a ir más allá. Nadie contempla la posibilidad de la eutanasia. Está prohibida. Está prohibida por la ley y dicen que también por la ética médica. Nadie quiere escuchar siquiera de esa opción. Todos se conduelen pero nadie quiere participar en su proyecto. Vicente sólo puede volverse hacia su madre para implorarle: “Mamá, hazlo por amor. Mátame por amor”. Ella termina por jurarle que cumpliría su deseo. “Al final –confiesa Madame Hubert- quise pensar y actuar para y por él y no en, ni para mí.”

En la intimidad del contacto entre esas dos manos amorosas conspiran madre e hijo contra la vida -¿la vida?- que ella misma gestó y que él ya no quiere, ya no puede, sostener. Así, en esa intimidad, urden el plan cuyo desenlace estamos presenciando. “Usted tiene el derecho de la gracia y yo le pido el derecho de morir....”, ha escrito Vicente al Presidente Chirac. “Sepa que usted es mi última oportunidad...” añade al final de su carta. Fracasado el intento de un permiso presidencial que nunca podría haber llegado, exploran los dos Humbert, ellos, apretujados en el rincón de su lecho hospitalario, solos frente al mundo, los detalles de su “crimen”. “Yo no quería matar a mi hijo, quería ayudarlo a suicidarse....”, cuenta llorando la madre, “...la diferencia es muy importante en mi corazón... sólo quería cumplir mi promesa... liberar a mi hijo de su sufrimiento. En su desesperación él está persuadido de que después será feliz.... es lo que cuenta. Sé de los riesgos que corro, no me preocupan por el momento. Le he jurado a mi hijo...y él sufre!”

En la madrugada de hoy Vicente dejó de existir. Esto es, también su cerebro dejó de funcionar. Los intentos de la ciencia y de la medicina piadosa fueron inútiles. El poderoso barbitúrico hizo su tarea. En el sueño profundo alcanzó el joven cuadrapléjico su objetivo de morir...., de terminar de morir. De manera insólita deja por escrito un amplio testimonio de su deseo y de su sufrimiento. Libera a su madre de toda culpa. “Déjenla en paz”, clama sentencioso al final de su libro, “déjenla vivir esa resemblanza de vida que tiene por delante. Lo hizo por amor!” ¿Qué será de ella? La respuesta está en el aire. Los magistrados franceses tienen la palabra. Dura lex, sed lex, dice la máxima jurídica. Ya veremos.

Será necesario, pregunto yo, pasar por estas tragedias humanas inauditas para que se reconozca el derecho del ser humano a morir con dignidad. Para que se reconozca que la única decisión verdaderamente libre y soberana para el individuo es poder quitarse la vida cuando ésta le resulta intolerable. Todas las demás decisiones que el ser humano afronta en su vida están condicionadas. Todas sujetas al apremio. Ninguna hay que sea totalmente libre. Ninguna absolutamente soberana más que esa: el acto supremo de la liberación total. La otra, la inicial, la de venir al mundo, la de vivir, esa, esa decisión no la tomamos nosotros mismos, es la más ajena de todas.

Hay algunos países ¿más evolucionados?, Holanda, Bélgica, Suiza, en donde reciente y tímidamente empieza a visualizarse la no-penalización de la eutanasia y del suicidio asistido. Por lo general -y ¿hasta cuándo?- el mundo sigue pensando que la vida no es de su verdadero dueño. Que la vida no es nuestra. Que la sociedad puede dictarnos con autoridad incontestable la obligación de vivir. Obligación que a veces nos ha impuesto la fatalidad....o, ¿fue Dios acaso?

septiembre 2003

sábado, 30 de agosto de 2003

Diez mil muertos en Francia por el calor.

Viñetas de la Vieja Europa

Mucho calor en Francia. Diez mil muertos... sin calor de hogar.

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez, desde París.

Pasado el gran calor, ya con temperaturas más razonables, abatido el mercurio en los termómetros en más de 10 grados en comparación con los niveles alcanzados hace un par de semanas, la Francia se dispone a hacer el balance de su canícula. Los medios de comunicación se hacen eco de la sorpresa y del clamor de la gente. Y es que el desenlace de la canícula ha sido funesto. Literalmente funesto.

La prensa responsable, no los cotidianos amarillistas que, esos, hablan de otras cifras, fija el número de defunciones debidas directamente a los calores extremos que padeció el país en tres ondas cálidas sucesivas y particularmente en la primera quincena de agosto, en diez mil personas. Y aún hay, internado en hospitales, un número importante de pacientes sujetos todavía al traumatismo de la canícula pasada. Para un país de sesenta millones de habitantes parece no ser una cifra muy importante y sobretodo si se le compara con la resultante de otras epidemias que padecen naciones del tercer mundo. Pero en una nación avanzada y con la reputación de ser una en la que los servicios asistenciales son de los mejor dotados y más generalizados en el mundo, ese número de muertes por el clima extremo representa una verdadera catástrofe.

Y eso de clima extremo es un decir. Los mexicanos conocemos bien estas inclemencias del tiempo. Los 45 y hasta los 50 grados centígrados que alcanzan los termómetros en verano en el noroeste de nuestro país, en el norte de Baja California y en Sonora, como ejemplo, no son comparables a los modestos 39 ó 40 y, sólo en algunos puntos 41 grados, que sufrió la población francesa en estas pasadas semanas. En Yucatán mismo padecemos el calor con profunda alegría. ¡Cuántas veces no hemos deseado que alguien con poder divino –como el que alguna vez tuvo Cervera- nos apague desde lo más alto ese horno en el que nos toca vivir en nuestros mayos y nuestros agostos!

Pero bueno, hay que reconocer que en nuestras naciones tropicales el calor forma parte de nuestra cultura. Está inscrito, desde que nacemos, en nuestra vida cotidiana. Nos reímos, aún quejándonos, de la canícula. Huimos a las playas. Tomamos más chevas que de costumbre. Para los europeos, que también tienen sus playas y quienes también gustan de la cerveza, el calor es un acontecimiento. Un acontecimiento de carácter anual muy, pero muy, efímero y a veces, como en esta temporada, totalmente desquiciante y mortífero.

El organismo de los europeos no está habituado al calor. Ellos saben y están preparados para tolerar el frío. Sus países son atemperados por los vientos que soplan del ártico. Las aguas de sus mares son menos que templadas. Sus ríos, productos del deshielo de sus enormes montañas, llevan aguas frías. Aquí, la mayor parte del tiempo hay que abrigarse. Vivir en la desnudez que es común entre nosotros, es aquí asunto de fiesta, sólo de unos cuantos días durante el año. Sus ciudades, sus casas, están hechas para el frío, no para el calor. Es rarísima la casa o el edificio habitacional, aún entre los de la gente con más recursos, dotado de aire acondicionado. Todos, eso sí, aún los más pobres, tienen calefacción. Ésta, claro, es una de las razones por las que el calor, cuando supera lo que tienen por costumbre, los sorprende y los desquicia.

Pero ciertamente, ésta que apunto del hábito, no parecería ser razón suficiente para que el calor, por canicular que sea, se vuelva mortífero al punto en que lo hemos visto en este verano del 2003 que pasará a la memoria colectiva de los franceses como uno de los más funestos de su historia. Y no exagero, la gente está escandalizada. El calor se ha transmitido a la política. El gobierno de Chirac y el de su primer ministro, Raffarin, están hoy en medio de una muy caliente tormenta política. De lo menos que los acusa la oposición, siempre oportunista, es de falta de compasión hacia sus conciudadanos, porque su atención a la crisis fue tardía y con poco énfasis. Ambos regresaron de sus vacaciones, el primero del Canadá y el segundo de los Alpes, ajenos a lo que les esperaba en casa.

¡No se vale!, dice acalorada la gente. Ya quemaron al primer fusible: el Director de la Salud Pública ha tenido que renunciar a su puesto. El ministro, su jefe, podría ser el que sigue. No es para menos el asunto: ¡Diez mil muertos directamente atribuibles a la canícula! Muertes en las que las víctimas padecieron lo que médicos llaman hipertermia –calor corporal superior al normal- y finalmente deshidratación avanzada, según reportan los servicios asistenciales ante el asombro de todo mundo. Los hospitales públicos, en su mayoría sin sistemas de refrigeración, fueron incapaces de evitar esta tragedia.

Y, ¿quiénes son estos muertos? ¿Cómo es posible que tantos puedan morir deshidratados?, se pregunta uno. En la gran mayoría fueron gente anciana, frágil por la edad o por otros padecimientos que no necesariamente hubieran causado la muerte en lo inmediato, pero que tenían de alguna manera debilitadas a las víctimas. Los ancianos al parecer pierden la capacidad para sentir sed. No se percatan que están en proceso de deshidratación. No advierten que la crisis los acecha. Muertes prematuras o anticipadas, se dice. Gente que vivía en casas de asistencia, en asilos de ancianos y en su mayoría, alrededor del 60% de quienes fallecieron, señalan las estadísticas que empiezan a publicarse, gente anciana que vivía sola.

Y aquí está una de las respuestas a lo que se nos antoja como enigma: el ¿por qué tantos? y el ¿cómo es posible? Gente que vivía sola. Ahí está el punto. En este país admirable por muchos aspectos, la sociedad ha relegado a sus viejos a la soledad Es enorme la cantidad de gente que traspuestos los 65 años de edad, vive en la más absoluta y dramática de las soledades. Pongo por ejemplo el pequeño edificio donde yo habito. Son 24 apartamentos. Solamente en cuatro viven parejas, curiosamente ninguna con hijos. El resto son viudas o viudos, en su gran mayoría mujeres de la tercera edad. Tal vez un par de solteros. Y yo, claro, que no soy ni viudo ni soltero, pero sí quien observa.

Los bomberos, que en Francia son respetada y eficiente institución pública, refieren en sus declaraciones a los medios que durante la crisis, en París, tenían la impresión de estar trasladando ancianos sólo para saturar los hospitales que fueron totalmente desbordados. Las noticias televisadas mostraban los nosocomios parisinos con camas hasta en los pasillos. Tuvieron necesidad de dar de alta de manera prematura a muchos pacientes normales a fin de liberar capacidad para albergar a las víctimas de la canícula. La situación se agravó por el hecho de que en pleno período vacacional los sanatorios no tenían a todo su personal de base. Hubo que llamar a muchos con urgencia para que se reintegraran anticipadamente a su servicio. Lo mismo ocurrió en las casas de retiro –eufemismo de asilo para ancianos- en las que también tuvieron que enfrentar la crisis con mucho de su personal ausente, en parte por las vacaciones anuales y parte por la nueva ley laboral que establece sólo 35 horas de trabajo semanal. En una de estas casas de viejitos la responsable, exhausta, comentó un tanto desesperada: “No sólo había que darles de beber, sino que también teníamos que asegurarnos que bebieran!!

Las autoridades hospitalarias complementaron la declaración de los bomberos: ellas, a su vez, tuvieron la tarea de vaciar los sanatorios para saturar las agencias funerarias. La estadística dice que en París mueren normalmente alrededor de 80 personas diarias. Durante la crisis canicular ese número se elevó a 250. El sistema se saturó integralmente. No se dieron abasto, en la región, los servicios de inhumación o de cremación. Se generó un rezago en los servicios de pompas fúnebres que hasta este momento existe. El gobierno tuvo que alquilar almacenes frigoríficos comerciales para depositar los cadáveres en demasía. Hay todavía, hoy, al escribir esto, más de 300 cuerpos esperando ser rescatados por los familiares. Hay quien falleció a mediados de agosto y cuyos despojos esperan, en cola, sepultura que está programada hasta el 2 de septiembre!

“¿Qué clase de sociedad es ésta?”, se pregunta alarmado Jacques Attali en su columna La Crónica del semanario Express, “en la que muchos miles de personas pueden morir de olvido, abandonadas por sus hijos que se fueron de vacaciones o por sus vecinos vueltos sordos súbitamente”. Y, a mi juicio el analista da en el clavo, certero, con su comentario. Estos miles de ancianos recién muertos en medio de la canícula feroz, lo fueron más por soledad, por abandono, por indiferencia, que por el calor. Si hubieran tenido a alguien cerca que con esmero y solidaridad los cuidara, muchos de ellos no se hubieran ido prematuramente. Ni tampoco, regresando a la referencia de Attali, los bomberos hubieran encontrado “en una hermosa tarde de verano, al anciano en estado avanzado de coma, frente a un refrigerador abierto y con el teléfono descolgado en el más hermético de los silencios....”

En nuestro México, así de pobre y así de carente y así de caluroso, no vemos todavía este tipo de episodios dramáticos. Es cierto que nuestra estadística tampoco nos da para conocer la realidad íntegra de nuestra sociedad y que no sabemos bien hasta donde llega el efecto de muchas de las vicisitudes que padecemos, pero también es una verdad aparente que al privilegiar a la familia -esto es, a la solidaridad familiar- como aún lo sabemos hacer en nuestro medio, rescatamos de la muerte prematura a nuestros viejos a quienes al menos no aventamos al gobierno para que nos los cuide sino que nosotros mismos, en el seno de nuestra pobreza tercermundista, les damos de beber y los abanicamos para que de calor no se nos mueran. ¡Que nunca tengamos la experiencia dolorosa que hoy, con mal contenida vergüenza, debe afrontar la -por muchas otras razones admirable- sociedad francesa!

sábado, 9 de agosto de 2003

La Canícula Parisina

Viñetas de la Vieja Europa.

La Canícula: Europa sufre!

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez, desde París.

La canícula. La perrita en latín. ¿Qué tiene que ver con el calor? A Sirio, la estrella, los astrónomos de la antigüedad le llamaban también Canícula. Sucede que en ciertas latitudes abajo del Mediterráneo, en el Cairo por ejemplo, el inicio del verano, en el mes de julio, de la época de mayor calor en el hemisferio norte, coincide con que Sirio, Canícula, la estrella, se levanta y se acuesta al parejo con el sol. Es la época canicular, se decía. La del verano. La del calor.

Ahora por antonomasia la canícula es el calor. Pero no el calor, calor, sólo calor. Es el calor tórrido. En Europa, cuando el viento sobrecalentado y seco del Sahara invade desde el sur el continente y los termómetros remontan las temperaturas más altas del año. Cuando el viento frío del polo norte que atempera a esta región del mundo queda contenido en el ártico. Ahora, en agosto. Precisamente ahora. Estamos en la canícula. Europa sufre.

Es el calor. Y todas las consecuencias, que no son pocas, de la acción de este jinete del Apocalipsis. Es la sequía. Son los incendios forestales. Es la contaminación por el ozono y el dióxido de carbono. Escasea el agua de riego. El agua para usos domésticos también. Aún más, hay falta de agua para producir energía eléctrica tanto en las unidades hidroeléctricas como en las termo y núcleo eléctricas porque en éstas el agua es indispensable para enfriar a los equipos que la producen. El exceso de calor y la sequía dislocan todo. La vida cotidiana se ve seriamente afectada. Los modos de producción se alteran. El orden ecológico se trastoca.

Este año la canícula es excepcional. Hace semanas que las condiciones del clima golpean fuerte a la vieja Europa. Desde que empezó el verano han sido tres las ondas sucesivas de calor extremo que se han experimentado. La temperatura ambiente alcanza niveles nunca sentidos en algunas regiones. Por señalar el ejemplo que yo vivo, París a 40 grados centígrados. Y es en todo el continente donde se resienten las consecuencias de esta canícula. Desde Grecia en el sur, hasta Dinamarca en el norte, de Portugal en el oeste hasta Rusia en el este.

Los ríos están en niveles y con caudales récord por lo bajos. No escapan los grandes ríos: el Pó, el Danubio, el Rhin, el Loira, el Sena, todos acusan una gran disminución en sus torrentes. La agricultura y las actividades pecuarias están comprometidas y son ya sujeto de apoyos especiales por parte de los gobiernos. Anoche, en la televisión, veía las imágenes de un gran centro de producción avícola en el centro de Francia a donde los bomberos habían acudido a rociar con sus carro-tanques y mangueras las techumbres de los enormes corrales para impedir la muerte inminente de miles de aves como resultado del calor extremo. Una tragedia. Una más.

Desde hace más de diez días el Portugal se encuentra sometido a incendios forestales con una magnitud de la que no se tiene memoria en la historia de este país. “No hay palabras” dice el alcalde de Macao, 170 Km. al norte de Lisboa, entrevistado por el periódico Le Monde. “Es terrible”. Más de 100,000 hectáreas, principalmente de pinedos, hasta la frontera con España, han sido devastadas por el fuego. “Lo nunca visto”. Más de quince personas muertas combatiendo el fuego. Las autoridades centrales lusitanas han declarado el estado de calamidad nacional y piden a gritos la ayuda del exterior a sus vecinos: a España, a Marruecos. A la OTAN. Una verdadera catástrofe.

En Italia otro tanto. Desde principios de la semana pasada más de 800 hectáreas han sido destruidas por el fuego en la Toscana. La Lombardía y la Liguria también han sido afectadas severamente. En España, donde los poderes públicos desde hace años han hecho un verdadero esfuerzo por inculcar en la población una nueva cultura sobre el agua y su cuidado, se sufre también las consecuencias de la sequía y el calor: 26,000 hectáreas de bosques se han incendiado desde los primeros días de agosto. En el sur de Francia, en la región conocida como las Bocas del Ródano, cerca de la Costa Azul, en la región del Var y en los Alpes Altos, toda la semana pasada transcurrió en una lucha titánica por parte de más de mil bomberos impotentes frente al fuego, y al viento que lo aviva, que ya ha consumido más de 1,200 hectáreas de bosques preciosos. Por doquier la geografía europea parece incendiada.

También en Francia, el 50% del territorio agrícola ha solicitado ayuda a un fondo nacional para las calamidades. Sólo los agricultores del Norte y del Oeste han logrado hasta el momento resistir la sequía generalizada. Se ha establecido un sistema de distribución solidaria de forraje para evitar la muerte de cientos de miles de cabezas de ganado. No es posible por el momento establecer el monto total del daño que sufre la actividad agropecuaria, dice la prensa, pero la Comisión Nacional encargada de su evaluación ha adelantado su próxima reunión, prevista originalmente para el mes de octubre, a fines del mes de agosto que corre, ante el diluvio de solicitudes de apoyo que se han recibido por parte de los productores afectados.

La empresa nacional francesa de electricidad (EDF) ha reducido ya la potencia de sus centrales nucleares eléctricas particularmente las situadas a lo largo del valle del Ródano, en el sur, y del Loira, río, este último, cuyos cambios de “humor”, dice el corresponsal de Le Monde en Orleáns, Regis Guyotat, se aprenden en la escuela: en creciente puede llegar a los 9000 metros cúbicos por segundo, pero los estiajes pueden también ser catastróficos, como en el caso actual cuyo nivel se compara al histórico de 1949 en que el río, famoso por los esplendorosos castillos construidos desde el medioevo en su margen, no era más que una laminilla de agua de 9 metros cúbicos por segundo.

La contaminación ambiental es otro de los graves problemas que trae la canícula consigo. Los niveles de ozono empiezan a rebasar los umbrales de riesgo. Ayer la prensa consignaba que en todas las regiones de Francia se ha roto el récord histórico de contaminación por dióxido de carbono y ozono. Es una contaminación excepcional que supera tanto los niveles establecidos como la duración de la crisis en todos los confines de Francia. Y no sólo, sino que amenaza con extenderse en el tiempo, habida cuenta de las previsiones meteorológicas que anuncian hoy que lo peor está por venir.

Hace unos días, estos calores fuera de serie y la contaminación que generan, en el suroeste de Francia, respondieron por la muerte de un hombre de 32 años que acababa de escalar una cuesta en su bicicleta y quien súbitamente se sintió mal, desvaneciéndose hasta morir, víctima del medio ambiente. “Muerte anticipada” le llaman aquí, eufemísticamente, a la que es provocada por la naturaleza adversa, y que en este caso aconteció a un hombre joven pero que, por lo general, ocurre a los más desprotegidos, los niños y los ancianos, cuyos fallecimientos, prematuros, son numerosos en esta época.

En toda Europa se modifican los reglamentos de tránsito para reducir el problema de la contaminación. Prohibiciones varias. Velocidad de circulación disminuida. Transporte público gratuito. Impulso a los medios de transportación no contaminantes tales los eléctricos y la bicicleta. Pero todo ello no basta. Hoy, cosa rara, estando en el mismo barrio parisino, a unas cuantas cuadras, no podía verse el perfil de la torre Eiffel por la bruma de la contaminación. De plano, yo con miedo no salí a correr. Preferí quedarme en casa a escribir esto para ustedes.
Ese es el panorama de esta vieja Europa que enfrenta con susto sus crisis ecológicas. Sin querer trivializar lo que es tragedia para muchos diría que la única razón de humano regocijo que ofrece esta canícula asfixiante, sobretodo para un ser solitario de más de 60 años como yo, y hago este comentario con riesgo porque podría significarme inmerecidamente el calificativo denigrante de viejo libidinoso, es que en medio del calor insufrible sale uno a pasear por los parques admirables de este París siempre deslumbrante y goza en gratuidad del placer de la belleza de las francesitas, que inducidas por el clima, se despojan sin recato de sus prendas de vestir, ofreciendo al público interesado (yo soy de esos) un espectáculo de hermosura digno de aplauso generoso. Tacos de ojo le llamarían en mi tierra a este alimento que nos ofrece la canícula. Tacos de ojo para el que, como yo, desea y tiene el tiempo para observar. Que conste Julia, dije para observar

09/08/2003

jueves, 31 de julio de 2003

La vuelta ciclista de Francia

Viñetas de la vieja Europa

La Vuelta Ciclista, “Le Tour de France”: verdadera pasión de los franceses.

Por Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez desde París.

Al publicarse esto, hoy domingo último de julio, considerando la diferencia de horarios, estará terminando la centésima edición de la vuelta ciclista a Francia. Hoy, como viene sucediendo desde hace cien años, varias decenas de ciclistas “sobrevivientes” de 20 cruentas etapas estarán llegando a la meta de la prueba deportiva, línea de llegada que ha sido colocada al principio de los Campos Elíseos, cerca de la Plaza de la Concordia. En ese punto será recibido por una impresionante multitud el vencedor del “Tour” que este año será, a menos que suceda una desgracia, una dramática caída, un accidente imprevisto, el texano Lance Armstrong o, puede ser todavía, el alemán Ullrich.

No es éste un evento deportivo común y corriente. Más allá de la competencia propiamente dicha entre 198 corredores pertenecientes a 22 equipos, que por su configuración más parecen empresas transnacionales que clubes deportivos, esta tradicional prueba reviste características de epopeya y su realización se ha convertido en un verdadero mito, lugar para la memoria, tema de estudio para los especialistas en asuntos más del domino literario o intelectual que del desempeño físico. Parafraseando al periodista Sebastián Lapaque del diario El Fígaro, diríase que mientras para Proust la ocupación preferida era amar, o para Mauriac soñar, la del francés promedio es seguir “el Tour de Francia”.

Dicen aquí y habría que creerles, que después de las Olimpíadas y de la Copa Mundial de Fútbol, la Vuelta Ciclista a Francia es el tercer evento deportivo más importante del planeta. Esto, en términos de la complejidad de su organización, de su tradición, del número de países que participan, de la cantidad de público que lo sigue. Es este evento, sin duda, una súper producción. Y, desde luego, se ha convertido en un negocio multimillonario del que se benefician, aparte del país en su conjunto y las pequeñas y grandes ciudades por las que transcurre, los corredores, los patrocinadores, los medios de comunicación y toda una cauda de participantes accesorios sin cuyo concurso la complejísima realización de la prueba sería imposible. Curiosamente, a pesar de la evidencia de los grandes recursos económicos que se mueven, la Vuelta Ciclista es uno de los pocos, quizá el único, gran evento deportivo, a nivel mundial, que se mantiene estrictamente gratuito para el gran público.

Cada año es lo mismo, desde hace cien -1903 fue el año que testimonió el inicio de este verdadero maratón ciclista- con excepción de las dos grandes guerras que, lógico, impidieron la realización del evento. Durante el mes de julio se levanta en Francia un torbellino de emociones que conforme se acerca a su fin se convierte en huracán devastador que irrumpe en todos los ámbitos de la vida nacional. No es sólo el gran número de asistentes a la prueba, que por millones, por decenas de millones, acuden a las carreteras, aldeas, ciudades, planicies y montañas, de los Alpes a los Pirineos, de la Normandía a la Costa Azul, por los que serpentea a lo largo de la hermosa, de la singular geografía francesa la competencia, los que se ven afectados por esta fiebre colectiva. No hay rincón de este país que le quede ajeno al Tour, ni figón en el que no se discuta con vehemencia el resultado de la etapa o el desempeño del ciclista ganador. Desde el Parlamento nacional hasta la plaza pública, en el Metro o en el bus, en el mercado del barrio, en el bar, la panadería, en todos sitios, el tema es uno y el trono de la discusión lo ocupa el deporte, el ciclismo y los ciclistas. Los franceses se inflaman. Euforia total. El ambiente se torna, créanmelo, ensordecedor.

Refiere L’Express, publicación semanal, un comentario periodístico de 1920 que alude a lo que era el Tour en esa época, en que las carreteras aún no eran ni sombra de lo que son y ni siquiera estaban dedicadas en exclusividad al evento deportivo: “No saben ustedes lo que es este Tour, decía a sus lectores el reportero en ese entonces. Es un verdadero calvario. Y el camino de la cruz constaba de 14 estaciones. El nuestro tiene 15!!” Hoy, el Tour de Francia se corre a lo largo de 3360 kilómetros en veinte etapas de las cuales siete son de montaña y algunas de alta montaña. Carreteras protegidas. Transmisión por televisión en directo. La fuerza pública apoyando y cuidando en el recorrido. Camiones, motocicletas, helicópteros, vehículos de toda laya siguiendo a los ciclistas en una caravana de veinte kilómetros. Quince millones de espectadores a lo largo del recorrido.

Pues ahora con más etapas que en su inicio la Vuelta sigue siendo un calvario en el que se pone a prueba la capacidad, la fortaleza, el tesón y el valor de los corredores. Varios muertos a lo largo de los años son testimonio del sufrimiento que entraña la prueba. Este mismo año quedó fuera de competencia por accidentes graves buen número de ciclistas. El americano Hamilton ha hecho la hombrada de mantenerse en el sexto puesto de la clasificación general en esta edición con la clavícula rota por una caída ocurrida desde las primeras etapas de la carrera. Y no sólo, ya accidentado ganó una etapa. Es muy probable que quede dentro de los cinco primeros al concluir la competencia el día de hoy. Bravo!

Desde 1919 al competidor que encabeza la prueba se le otorga una camiseta amarilla. Es el emblema del mejor. Del heraldo, de quien lleva la antorcha. El símbolo del triunfo es la camiseta amarilla. Este año, como en los últimos cuatro, un americano fuerte y vigoroso, operado de cáncer en los testículos poco antes de convertirse en campeón, Lance Armstrong (Legstrong le llamarían los puristas angloparlantes, porque no es en los brazos donde lleva la fuerza), tiene puesta y bien puesta, al cabo de 19 etapas, la prenda de la victoria. Pero todavía no se escribe el final en esta edición de la prueba centenaria. Se está escribiendo apenas en este momento y por tanto el final no podríamos reseñarlo todavía. En 1975 se diseñó otra camiseta, la de puntos rojos, que es otorgada al mejor escalador de la montaña. Desde 1953 una prenda verde se entrega al mejor velocista (sprinter le llaman los ciclófilos). Finalmente desde hace unos veinte años a la mejor revelación juvenil le otorgan una camiseta blanca para distinguirlo. Y con este ropaje colorido meten los franceses su competencia ciclista anual al rango de fenómeno social.
Ya los etnólogos lo entienden. Es la prueba deportiva francesa –la única- que tiene un lugar en sus museos. Venir a Francia, estar en Francia, obliga, como ir al Louvre, a Cluny, al Quai d’Orsay, al Jeu de Paume, a presenciar, asistir, a vivir –sólo de eso se trata- esta incomparable experiencia del Tour de France. Por la geografía, por la historia, por la competencia en sí, por lo que socialmente representa, por el goce, aunque sea por una vez, por ésta, ciclista hay que ser.

viernes, 11 de julio de 2003

A Juan Duch Gary, en la hora de su muerte


Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,
querido Juan, has muerto finalmente.
De nada te valieron tus pedazos
mojados en ternura.

Cómo ha sido posible
que te fueras por un agujerito
y nadie haya puesto el dedo
para que te quedaras..   .Juan Gelman en su Gotán (1962)


Juan Duch Gary, amigo; amigo entrañable. Poeta también. Amigo y poeta. Murió trabajando en la empresa. Lo hacía para vivir. Si la tonta vida permitiera que los poetas la vivieran trabajando en lo que quieren, Juan habría muerto haciendo versos. Inspirados versos. También era cuentista, no porque los echara, sino porque los escribía. Y los escribía buenos. Si la tonta vida hubiera permitido a Juan hacer su regalada gana, Juan habría muerto escribiendo. Contando cuentos y escribiendo versos.

Pero no. La tonta vida es tonta y además injusta. No entiende lo que uno quiere, ni da lo que uno merece. Juan murió de un golpe artero que le asestó esa tonta vida en pleno corazón a la tempranísima edad de 61 años. Juan no quería morir. No todavía. Recién me lo dijo ufanándose de su juventud. Cuando en la relación epistolar que sosteníamos sin descanso por este medio moderno de la cibernáutica, por el que nos frecuentábamos, me atreví a recalcarle que entrábamos, él y yo, a paso acelerado, al otoño de nuestra vida, me replicó, con ese brillo muy suyo: “En el otoño tú, coño!......yo, aun disfruto la primavera de mi vida.... Mírate todo nevado, mientras yo sigo florido. Podrían incluso decirme canicular –agregó- porque sólo tengo canas en salva sea la parte...además de un par en el bigote”. Esto y así me dijo, riendo, como sólo los jóvenes y los poetas y los amigos ríen con uno, hace apenas unos cuantos días, el 23 de junio recién pasado.

Pues ese amigo joven y poeta murió en brazos de su querida Angelina en Coatzacoalcos, Veracruz, la Niza mexicana como él llamaba a la ciudad costeña a la que los azares laborales le habían llevado. Ahí trabajó para vivir durante los últimos seis años. Había salido de su Mérida nativa contra su voluntad, en busca del pan, del suyo y de su gente. Sabía trabajar en otras cosas que no fueran su creación. La familia, influencias de juventud, lo hicieron ingeniero agrónomo. Chapingo fue su alma máter. Aprendió ahí también las ecuaciones básicas de la economía. Como ingeniero y como economista trabajó para el campo. El moribundo Banrural fue la casa donde desempeñó su profesión por muchos años. Ahí también dio curso a su sentido de la justicia social. Porque Juan, además de amigo, de poeta, de joven, era un justo. Justo como hay pocos. Justo y recto. Honrado a carta cabal, de los que ya no hay.

Sabía enseñar. Enseñaba a sus amigos y a sus discípulos. La Universidad de Yucatán le tuvo como profesor y director de su Facultad de Economía. Ahí dio de sí. Sus alumnos le recuerdan y le quieren. Supo hacerse querer. Supo suscitar aprecio y respeto. Sólo recuerdos buenos y amistosos se escuchan de él. ¿Cuántos de nosotros aspiramos a tal logro?

Y en una de esas contradicciones que no se repiten con frecuencia, además de escribidor de grandes alas, Juan era un excelente administrador. Administraba con pausa y con lógica, con la serenidad que da la capacidad de análisis, con la certidumbre que ofrece la reflexión, con el esmero que permite la aplicación. Así, su búsqueda del pan de cada día lo llevó por diversos senderos de la empresa pública y la privada. Y escaló sus pequeñas cumbres: dirigió el Banrural regional del sureste; encabezó Cordemex, la empresa federal de memoria aciaga para el campesinado yucateco, en uno de sus períodos más difíciles. En ambos casos ajeno a la influencia política que propicia normalmente la ocupación de tales tareas, llegó a ellas recomendado sólo de su bien ganada fama de hombre recto y talentoso. De conocedor de su medio. De forjador de ilusiones que, a veces, no siempre, se convierten en realidades.

Los requiebres impensables del destino lo llevaron finalmente a la multinacional europea que supo ver en él atributos para conducir sus políticas de personal. Este cargo último que él consideró pasajero, como los otros, vería el desenlace final de su vida, en plena primavera creativa, en la que con gran entusiasmo ya había retomado la fina pluma para sus colaboraciones recientes con la revista cultural El Navegante.

Murió Juan en una madrugada en brazos del único ángel en el que creyó en su vida: su Angelina. Murió Juan como vivió: discretamente, como hacen los sabios, como obliga el talento, como hace el poeta: soñando en un verso y una estrella.

Ese hombre pulcro, honrado y recto, poeta y joven, murió feliz. A la manera de Borges logró el propósito de ser feliz siendo justo. Yo, desde mi refugio en este lado del Atlántico, le rindo homenaje usando aquella frase de Miguel Hernández, que Juan también usó para poner en boca de su personaje Oliverio Gambeta y digo: Juanito, “siento más tu muerte que mi vida”. Agrego para consolarnos, como Gambeta agregó: "no debemos abatirnos aunque la inclinación sea grande, siendo cosa del destino, dejemos que el destino se deprima".

Ese hombre muerto que fue recto y poeta y joven y sobre todo amigo, ese hombre al que lloro, era mi hermano.

 Juanito Duch, hermano, “...siento más tu muerte que mi vida...”
Rodolfo Menéndez.